Los cumpleaños de mamá

Por  María Haydée Badano

 

Mamá es distinta de las otras madres. Bueno, cada quien dirá lo mismo; pero insisto en que la mía es diferente.
Mis hermanos y yo nos dimos cuenta el día en que salimos solos por primera vez a comprarle el regalo de cumpleaños. Le costó muchísimo dejarnos ir. Claro, nunca habíamos andado por la calle sin su protección. Se entiende.

Como de costumbre, nos abrazó con fuerza, en todas direcciones, para poder abarcarnos a los cuatro, y nos dio un montón de recomendaciones: cuidado con los autos, con los viejos que les propongan algo raro, con los perros sueltos. Cuidado. Yo di una última mirada a mamá: no dejaba su puesto de guardia en la ventana del frente, pegada su enorme cabeza gris contra los cristales con una mirada acuosa y triste que casi me decide a abandonar todo y quedarme con ella. Pero no, había que ir. Era para comprarle su regalo de cumpleaños.

 

 

Recorrimos sin suerte todos los negocios del barrio: nada le servía a mamá. Ningún sueter tenía ocho mangas, los pañuelos de cabeza eran pequeños para la suya. Zapatos no. ¿Cosméticos? Jamás los usa.

Volvimos cabizbajos y convencidos de que ciertamente mamá es distinta y por tal razón debía recibir algo especial.

Mi hermano mayor tuvo una gran idea: nos propuso poner en una caja nuestros secretos, aquello que habíamos reservado sólo para nosotros, lo más íntimo. Luego adornaríamos la caja con un moño de seda rojo y se la regalaríamos.

Estuvimos todos de acuerdo. Al final mamá tendría su regalo: saber nuestros secretos. Si eso no se hace por una madre ¿por quién si no?

Ese día bajó al living donde esperábamos ansiosos sus múltiples caricias. Trepó a un sillón y nos miró desde su cabeza ovalada.

-¿Qué tienen allí?- balbuceó con picardía.

– Secretos, mamá. Para vos…

Estaba encantada. Con rapidez estiró uno de los brazos y acercó la caja hasta sus ojos. Luego destripó el moño que nos había dado tanto trabajo y abrió la caja de cartón como si fuera una flor. Recorrió con placer cada uno de nuestros secretos y, si algo no le quedaba claro, inquiría al dueño del secreto para no perderse detalle. Después nos abrazó y estampó una sonora ventosa contra cada una de nuestras mejillas. Mamá es ardiente.

Desde entonces quedó la costumbre entre los hermanos de regalarle siempre cosas especiales. Un año le obsequiamos nuestros fracasos; otro los miedos. Y así fuimos desprendiéndonos de las alegrías, de los odios y de las pasiones: cada nuevo festejo nos encontró más pobres pero aún generosos. Cuando cumplió los setenta nos armamos de valor y le entregamos nuestras vergüenzas, pero prefiero no recordarlo.

Siempre aceptó todo con avidez, haciéndolo suyo. Yo diría que fuimos quedándonos vacíos para verla feliz.
Creo que este año no será difícil la elección. Le regalaremos nuestros sueños: es lo único que nos queda. Y estará dichosa de tenerlos. Sé que nos estrechará entre sus tentáculos, sé que lloraremos todos de emoción junto a su cuerpo flácido y caliente cuando nos diga que hemos hecho lo correcto.

Sólo me preocupa algo. ¿Qué le regalaremos para su próximo cumpleaños?

Presiento, o mejor dicho, estoy seguro de que mamá ya nos hará una oportuna sugerencia.

 

 

 

  • 1989: Certamen Literario de la Fundación ARCHE de Altos Estudios Antropológicos. PRIMER PREMIO. Cuento: “Los cumpleaños de mamá”

 

  • 1989: Concurso a Nivel Nacional por Libro de cuento a nivel nacional para autores jóvenes titulado “Héctor Murena” de la S.A.D.E. Sociedad Argentina de Escritores (Por libro de narrativa). TERCER PREMIO. Libro de cuentos: “Galería de Sombras”

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