Segundo discurso.
La tarea social del presente
Traducción Ezequiel Jorge Carranza
Se estima mucho más al polvo, cuando es un poco dorado,
que al oro, cuando tiene un poco de polvo. (Shakespeare).
¡Trabajadores alemanes!
En la primera exposición he resumido el objetivo principal de mi discurso en las siguientes palabras: pretendo remitiros al espíritu de Lassalle, a fin de que con la emoción logréis descubrir la interioridad de este poderoso y gran espíritu; luego quiero alumbrar en vosotros el entusiasmo valiéndome de una nueva meta.
Hoy debemos ocuparnos de esta nueva meta.
Repito ante todos vosotros las palabras de Lassalle aplicándolas en mí:
No he venido a hablaros por la boca, sino que como un hombre libre a deciros toda la verdad sin maquillaje, y cuando es necesario, incluso sin miramientos. (Libro de lectura del trabajador, 4).
Debo hacerlo ya que en este discurso he de abarcar todos los daños de la socialdemocracia actual. Ya que esos daños aún supuran y en parte se han vuelto heridas ardientes, se halla cerca el peligro de que gritéis fuerte cuando examine esto. Pero os recuerdo que un enfermo debe sobrellevar tranquilo los dolores de una operación que ha de brindarle una nueva vida y que os honráis a vosotros mismos cuando me escucháis en silencio. Soy un servidor práctico del pueblo y no un orador que se exprese bellamente, por ello nuevamente traigo a vuestra memoria unas palabras de Lassalle:
El principado, señores míos, posee servidores prácticos, no oradores que se expresen bellamente, pero servidores prácticos como los habrían de desear. (Sobre la esencia de una constitución, 32).
Como os lo he de desarrollar en mi tercera exposición, no deseo nada de vosotros, de ninguna forma quiero una recompensa vuestra. Aquello que deseo es la serenidad interior, y mi conciencia sólo puede dármela al servir al pueblo.
En mi primer discurso he intentado proyectar una imagen histórica del carácter de Lassalle, y hemos hallado que fue:
1) un auténtico y brillante patriota alemán,
2) un político eminentemente práctico,
3) un redentor.
A la par de esos tres rasgos de carácter he de elevar ahora a la actual socialdemocracia para comunicar si se mantiene en la doctrina de su fundador o si se ha alejado de ella.
¿Es patriota la socialdemocracia alemana?
No lo es.
No es patriota, sino internacional en un sentido cosmopolita, es decir, inestable, evanescente, contaminado e impotente.
Esto es completamente increíble, trabajadores alemanes. Después de siglos de humillaciones, después de la terrible división nacional, de la burla más desmedida y del más innombrable desprecio de los países extranjeros, el pueblo alemán, del cual sois una de las principales partes constitutivas, alcanzó la joya que como un lejano ideal hacía turbia la mirada del ojo espiritual de vuestros grandes hombres, como por ejemplo: Kant, Fichte, Schiller y Lassalle; muchos de vuestros hermanos derramaron la sangre de sus corazones por la unificación alemana; por la unificación alemana muchos de vosotros y de vuestros hermanos se dejaron disparar hasta la invalidez y apenas los sostenéis en brazos; entonces se os acerca el seductor y os susurra al oído: ¡tontos!, ¿acaso la unificación alemana ha de ser un diamante? Es un guijarro. Arrojadla hacia adelante. Pateadla. El mundo es un diamante, ¡a esa exquisita piedra preciosa debéis aferraos!
¿Y qué hacéis vosotros? De hecho arrojáis a un lado la unificación y os aferráis… Sí, ¿a qué os aferráis entonces? Queréis capturar una figura nebulosa, y por eso resulta que no tenéis nada en vuestras manos, e incluso jamás de los jamases habréis de tener en vuestras manos ni siquiera un jirón de esa figura nebulosa. ¿Por qué? Porque la niebla no se puede asir.
¡Pobres insensatos! ¡Pobres idealistas!
Hemos vencido como ningún otro pueblo ha vencido jamás; y hemos olvidado ese triunfo. Hemos sido héroes, como los más grandes que aún no han luchado por su patria, y hemos perdido la conciencia de esa heroicidad. Hemos desarrollado una fuerza como ningún pueblo la ha desarrollado, y hemos olvidado ese despliegue de fuerza.
En ello, trabajadores alemanes, no pretendo reconocer un mal demasiado grande. Las naciones decrépitas ofrendan sus éxitos, y por el contrario, los pueblos varoniles pelean por nuevos éxitos y sólo piensan en ello. Pero hasta ahora nunca se había dado el caso de que un pueblo que se halla en el florecimiento de su virilidad no se asombre de sus éxitos ni ansíe otros nuevos, y que haya perdido de vista el pasado y el futuro nacional para ir a cazar mariposas de colores como si fuese un niño. Es un desquicio, es un crimen contra el Espíritu Santo que conduce a la humanidad.
Con toda la fuerza espiritual que tengo a mi disposición, con toda la energía de mi voluntad me dirijo hacia vosotros y exclamo: ¡Retornad aquí! ¡Abandonad el camino que no os dará ni siquiera un gorgojo que pueda ser medido y que os ha de conducir de forma inexorable a un pantano, al pantano del cosmopolitismo!
Os digo, al igual que aquel griego de la antigüedad: “¡Pateadme, pero escuchadme; escupidme, pero escuchadme; golpeadme, pero escuchadme!”
No soy drástico, pero a mi corazón lo atraviesa el deplorable deseo de que aquellos que miran con buenos ojos a la internacional sean expulsados de su patria y no puedan retornar por diez años. ¿Diez años? ¡Oh, no! Sería demasiado horrible. ¡Sólo por cinco años!
Abandonar la patria y buscar países extraños, esto se encuentra en la sangre alemana. Nacemos con el bastón de un peregrino y nadie migra por toda la extensa tierra con los claros ojos abiertos siendo más dichosos que nosotros. Pero tener que abandonar la patria con la conciencia de que no se ha de poder regresar le saca canas a los alemanes e inyecta veneno en sus arterias.
Pues, ¿por qué viajamos tan alegremente por todo el mundo? Sólo porque llevamos en el pecho el seguro tesoro de poder retornar en cualquier momento. Quien no posee ese tesoro, quien debe irse y no puede regresar, quien se exilia y al arrojar la última mirada sobre Alemania no derrama lágrimas, es un miserable y no es alemán.
Una vieja frase corroborada por la experiencia dice que uno no aprecia aquello que posee, y por el contrario siente la más intensa atracción por todo aquello que no puede poseer. Por eso deseo que los alemanes “ciudadanos del mundo”, los alemanes del marqués de Posa, marchen al exilio vistiendo blusas de trabajadores. Quiero verlos cuando se recoja la cadena del ancla y los médanos alemanes vayan quedando cada vez más lejos. Hoy no sienten en absoluto el apetito por la patria ya que el aire hogareño los está saciando continuamente, y también por eso los perdono. Pecan sin saberlo. Aún así pretendo aquí hacerlos conscientes de este pecado para que puedan ponerse rojos de vergüenza hasta en las raíces de sus cabellos.
Mientras más noble es un hombre, mientras más genial es, tanto más poderosamente se desarrolla en él el amor a la patria, ya que este no solamente no excluye al amor a la humanidad, sino que es el único suelo en el que el amor a la humanidad ha de cultivarse, en el que la humanidad puede llegar a ser fructífera.
Por ese motivo también los grandes hombres que suspiraron por el terrible destino de tener que vivir en el exilio, lejos de la patria, experimentaron un aumento de su patriotismo, alcanzando un apasionamiento alocado. Trabajadores alemanes, podría nombrarles toda una lista de ellos y conversaros por largos días con sus apesadumbradas quejas que han de ser escuchadas del mismo modo en que se observan las lágrimas que derraman los varones: con un alma conmovida y desgarrada. Esas lágrimas son las hijas de la noche más fría y desprovista de estrellas que pueda existir, la noche en que se echa de menos a la patria: ellas han nacido cuando los extenuados exiliados subían y bajaban extrañas escaleras y comían un extraño pan. Pero quiero nombrarles solamente uno que debió dejar su patria, el poeta inglés Byron. No fue por decisión del estado, sino de la pacata gente de su clase, y en efecto se dio de un modo en que al libre poeta se le ofreció ser considerado de hecho como un inglés exiliado.
A toda la desdicha que en el extranjero sintió esta gran y noble alma humana le dio la más conmovedora expresión en su drama “Los dos Foscari”. Ahora en pocas líneas quiero presentaros el contenido de esta grandiosa composición.
Jacopo Foscari, el hijo del dogo de Venecia, fue denunciado por un enemigo de su casa de nombre Loredano, quien sostenía que recibía obsequios de un príncipe extranjero. Las apariencias se presentaban contrarias a él y el Consejo de los Diez lo deportó a la isla de Candia. Allí experimentó una añoranza por su patria tan desgarradora que se dirigió a los príncipes italianos en busca de ayuda. Por ello fue nuevamente denunciado bajo cargo de alta traición a la república, fue llevado hasta Venecia, sometido a la tortura y allí nuevamente fue exiliado. Pero cuando iba a abordar el barco que tenía la misión de alejarlo de su patria, su corazón estalló.
¡Esto presenta Byron en su drama y cómo lo presenta! ¡Cada una de sus palabras ha sido besada por las musas, cada uno de sus pensamientos es un pensamiento divino!
Cuando el pobre prisionero volvió a ver su patria, su corazón quería salirse de sí por la alegría. Celebró:
¡Mi bella, mi dulce,
mi única Venecia! ¡Este es aire!
¡Oh, en qué forma tu brisa marina hace bien a mis mejillas!
Emparentado con mi sangre está tu aliento:
le da a ella paz nuevamente.
Su custodia le advirtió que podía ser condenado a muerte, ¿y qué le respondió él?
¡Dejen que me maten!
Así tendré sepultura en mi patria.
¡Por Dios! Es mejor habitar aquí como cenizas
que vivir en cualquier otra parte.
Como he dicho, fue mortificado por un buen tiempo y luego expulsado de la ciudad. En el calabozo su mujer, Marina, le comunicó su sentencia. Se derrumbó anonadado:
¡Oh! ¡Desaparece mi última esperanza!
¡Estoy perdido! Pude soportar
mi calabozo, porque está en mi patria;
pude soportar la tortura, porque
había algo en el aire de mi patria
que vivificaba mi espíritu, que lo mantenía recto
como a un barco en aguas revueltas y no perdía su rumbo.
Pero en el extranjero, lejos de aquí, ¡oh!, ¡oh!
Allí mi pobre corazón habrá de romperse en pedazos.
¡Estoy perdido!
Su mujer no lo comprendía. Decía que su patriotismo ya no era más patriotismo, sino una pasión alocada. Le recordó que ya muchos habían debido abandonar su patria y habían logrado ser felices. Él sacudió su cabeza y le replicó:
¿Quién ha contado los corazones
que en silencio han colapsado cuando debieron separarse,
y aquellos que recién en el extranjero han reventado
por añorar la patria, cuando ante los afiebrados ojos secos del exiliado
se le han figurado los luminosos y profundamente verdes campos de su patria,
con una veracidad tal que se ha encontrado en una confusión sensible
en la que levantando su pie ha querido ingresar serenamente en ellos?
Ha obrado aquella melodía, cuyos violentos tonos
han conmovido tanto a un hijo de los Alpes, al punto que
se ha visto asfixiado y nuevamente asfixiado por la añoranza por los cerros
cubiertos de nieve y por sus nubes hasta que esto lo ha matado.
¡Tú llamas a esto debilidad! Yo lo llamo fuerza.
El amor a la patria es la fuente clara de la
que emana todo sentimiento noble.
¡Quien no ama a su patria
no puede amar nada!
¡Trabajadores alemanes! Os grabo en vuestros corazones las palabras de este gran poeta: el amor a la patria es el padre de todos los sentimientos nobles. ¡Quien no ama a su patria no puede amar nada!
Al final llegó el momento de la despedida. El noble veneciano se separó de su anciano padre y partió. Empalideció y se sintió débil. Llena de temor por la muerte su mujer gritó: “¡Se muere!” Pero se compuso nuevamente. Y exclamó:
¡Luz! ¡Luz!
Padre mío, tu mano; ¡también tu mano,
mujer, mujer!
Marina tomó su mano, cuya gelidez la conmovió. Había sentido la mano de un agonizante. Le preguntó medio fuera de sí por el dolor:
Foscari mío, ¿cómo estás?
Respondió: “¡Bien!” y se murió. Su corazón se había roto.
Ved, trabajadores alemanes, eso era amor a la patria, “¡el padre de todos los sentimientos nobles!” Era amor a la tierra, al estado, que es algo completamente independiente de las personas. Solamente un necio puede odiar a su tierra porque alguna persona lo ha lastimado. A fin de que su gran loa al amor a la patria sea perfecta, este genial inglés también ha tratado este punto. Cuando la custodia de Foscari se asombró de que podía amar a una tierra que le había causado tanto dolor, él respondió:
La tierra de mi patria no me ha
castigado. ¡Ah! Su simiente es eso que me persigue:
mi patria fielmente me toma en sus brazos
como si fuera una madre.
También os digo que el más ilustre poeta italiano, Dante, que al igual que Byron fue humillado con el exilio, situó a los traidores a la patria en el noveno círculo del infierno, es decir, en el más bajo y más aterrador, en un lugar en el que el desierto sin consuelo y el frío en el corazón de los apátridas es interpretado simbólicamente de modo que el criminal se encuentra arrodillado entre montañas de hielo y cada lágrima que derrama se congela de inmediato en sus ojos. Es el infierno frío, que es más aterrador que el caliente.
También os comparto las palabras de nuestro gran poeta Schiller, del que seguramente algunos de vosotros ya habéis sentido hablar:
¡A la patria, a lo más caro, aférrate,
sostén esto con todo tu corazón!
Aquí están las fuertes raíces de tu poder.
Y de ese amor y de todos los otros sentimientos nobles que ha engendrado el amor a la patria os quieren separar los desdichados a los que prestáis vuestros oídos. Para ellos no es suficiente que os encontréis separados de todos los tesoros de la cultura y que soportéis una existencia animalizada en un oscurecimiento total del espíritu, además pretenden extinguir en vuestros corazones la última noble chispa que es independiente de la cultura del espíritu, que se encuentra en la sangre en forma daimónica, que yace en el pecho del tosco animal salvaje, así como también en el mismo del hombre más noble, ya que se encuentra en los animales, ¿pues qué trae de regreso a las avecillas en invierno? El amor a la patria. ¿A qué temen más que a morir de hambre? A una vida lejos de la patria. ¿Qué impulsa a volver en primavera a los emplumados cantores que en otoño migran a tierras más benévolas? El amor a la patria. Pero, ¿podéis convertiros en algo peor que las bestias salvajes y los animales? Podéis ser apátridas; en el desierto de vuestros espíritus puede ingresar el desierto de vuestros corazones; podéis perder todo el sustento bajo vuestros pies y salir a buscar fantasmas; ¡podéis ser arrojados al desierto de la carencia de patria, despreciados, humillados por ingleses, franceses, italianos y rusos!
Entonces creedme, trabajadores alemanes, creed en alguien que ha posado su agudo oído en el sonoro corazón del pueblo italiano, del inglés y del francés: cada francés, cada inglés, cada italiano, ya sea un conde o un sencillo trabajador como vosotros, es primero francés, inglés, italiano; recién más tarde es un marqués de Posa, es decir, un ciudadano del mundo, un soñador. Pero, ¿qué digo? La comparación es inadecuada. El noble marqués quería una España poderosa y libre, a fin de poder arreglar al mundo entero con ello. Era un auténtico patriota.
He vivido cerca de seis años completos junto al Golfo de Nápoles, en la región más linda del mundo, pero durante ese período debí regresar a Alemania en dos ocasiones, a fin de cargar nuevas fuerzas por medio del roce con el suelo patrio; y cuando al fin tuve que abandonar la tierra en la que supe tener los más bellos sueños de juventud, cuando pude inhalar nuevamente los verdes aires de bosques de mi patria en una sedienta respiración, pude entonces encontrarme extremadamente bien, ya que derramé lágrimas de mis ojos por un largo tiempo, sentí que mi lugar correcto estaba junto al pecho del estado alemán.
¡Oh! ¡Aquellas personas dignas de compasión que no sienten que toda la hermosura del país extranjero más encantador no encuentra comparación posible con la sencilla belleza de Alemania, que el aire de los países extranjeros no es el mismo que el de la patria!
Voy con uno de esos “desheredados” a la libertad en la naturaleza. “¡Oh, esos campos, esos bosques, esas quebradas, esos cerros!” exclamo.
“Son exactamente los mismos que hay en cualquier otro sitio” responde fríamente.
“¡Oh, ese sabroso perfume en el aire, tan particular!” exclamo.
“Es el mismo aire que hay en París o en San Petersburgo: 80% nitrógeno, 20% oxígeno y algo de dióxido de carbono” responde de forma helada.
“¡Es algo diferente!” respondo acalorado.
“Entonces dime la diferencia” responde en tono burlón.
Ved, trabajadores alemanes, allí yace lo misterioso de la patria, lo inefable, lo que aún nadie ha dicho y tampoco lo hará nadie jamás. ¿Qué había dicho Byron?
¡Oh, en qué forma tu brisa marina hace bien a mis mejillas!
Emparentado con mi sangre está tu aliento.
¡Emparentado con mi sangre está tu aliento! Ahí está. En nuestra sangre vive la patria; nuestra sangre es la patria hecha cuerpo; nuestra sangre se regocija cuando sentimos nuevamente el aire de nuestra patria; nuestra sangre se alegra cuando con nuestros propios ojos observamos los campos, los bosques, los cerros y los valles de la patria. ¿Por qué? El amigo se abraza con el amigo, el hermano con el hermano, el hijo con la madre. Y así como se puede dar tan pocas explicaciones de las principales partes constitutivas de la amistad, o del amor de hermanos, o del amor de hijos, tampoco podemos darlas del amor a la patria. Solamente una parte de este sentimiento, la parte más pequeña, se puede comprender con el espíritu: la vida sanguínea es una vida misteriosa.
Pero quizás aquí uno u otro pretenda confrontarme: precisamente en esto consiste el progreso de la humanidad, en que el impulso que se halla en la sangre se vaya debilitando cada vez más, en que el calor del sentimiento se vaya transformando progresivamente en la luz del espíritu, hasta que en el hombre solamente habite una clara luz espiritual.
También uno u otro puede decir: es un hecho científicamente comprobable que habrá de establecerse un estado ideal que habrá de abarcar a toda la humanidad, por consiguiente, se ha de estimar al cosmopolitismo mucho más que al patriotismo.
Debo responder a estas complejas objeciones.
¿Qué habríais de pensar de un hombre que viviendo en Fráncfort del Meno y teniendo que atender asuntos urgentes en Berlín declara: si de ningún modo puedo estar en Berlín de forma inmediata, entonces no he de abandonar Fráncfort? Diríais con desprecio: el hombre es un payaso, queremos encerrarlo en un loquero.
Pero es exactamente lo mismo si alguien dice hoy en día: quiero el estado ideal, pero si no lo puedo tener de inmediato, prefiero salir a dar un paseo y quejarme.
También aquí he de repetir aquello que ya había sostenido en la primera exposición: el cosmopolita de nuestros tiempos quiere en el mes de mayo recolectar fruta madura de un manzano.
Y ahora pretendemos partir el núcleo de las objeciones.
Mirad por los alrededores de Europa. ¿Qué veis? Veis seis estados poderosos: Alemania, Rusia, Francia, Inglaterra, Austria e Italia. Estos seis estados son como seis familias que viven bajo un mismo techo. Cada familia es un todo cerrado que posee sus muy propios intereses. La consecuencia de esto es el rozamiento entre estos intereses de distinta naturaleza. De ello surge las diferencias, las diferencias a veces son saldadas, pero otras veces no, y entonces surge un enfrentamiento de grandes dimensiones. A menudo por un mismo objeto pelean entre sí solamente dos familias, pero en otras ocasiones pelean muchas contra muchas.
¿Qué determina entonces el destino de los estados europeos? Principalmente la resolución de esos enfrentamientos, de esas acciones en conjunto y de confrontación.
¿Habéis visto alguna vez, trabajadores alemanes, cómo un barquero va de una ribera del río a la otra? Afirmáis con las cabezas. ¡Bien! Debéis haber visto que cuando se quiere arribar al punto que se encuentra exactamente en frente de donde se está tocando tierra, se orienta la lancha como si se pretendiese ir mucho más adelante. ¿Por qué? Porque el agua fluye, es decir, su torrente posee una determinada fuerza que impulsa a la lancha. Entonces en cuanto que el barquero se dirige a una dirección cuyo punto final se encuentra mucho más lejos que el punto al que pretende arribar y que el agua se encuentra en movimiento continuo, se ha de arribar finalmente al lugar al que se pretendía alcanzar. En ciencias a esto se lo llama la fuerza resultante de fuerzas activas de distinta naturaleza, o la diagonal del paralelogramo de las fuerzas.
Entonces si aplicamos esto a la vida de los estados europeos -y podemos hacerlo, trabajadores alemanes, ya que en toda la naturaleza rigen las mismas leyes, tanto arriba, en el cielo estrellado, como también sobre la tierra y en su interior-, la suerte de toda la humanidad europea es entonces, en sus contornos más generales, la resultante de todos los anhelos individuales de todas las grandes y particulares individualidades populares que habitan en Europa, o la diagonal del paralelogramo de las fuerzas populares de Europa. Rusia quiere esto, Francia aquello; Alemania quiere esto, Austria aquello; Italia quiere esto, Inglaterra aquello; a grandes rasgos así surge el movimiento de los pueblos europeos, no de forma errática, sino exactamente como el flujo de un torrente.
Mirad entonces, trabajadores alemanes, hacia el interior de un estado europeo en particular, como por ejemplo Alemania. Allí tenéis muchos estados individuales: Prusia, Baviera, Sajonia, Brunswick, etc. Entonces, ¿qué constituye a grandes rasgos el movimiento del pueblo alemán? Es exactamente lo mismo que he desarrollado respecto a la situación de Europa. Prusia quiere esto, Baviera aquello; Sajonia quiere esto, Wurtemberg aquello; a veces incluso Prusia y Sajonia quieren lo mismo, pero Wurtemberg y Baviera quieren precisamente lo contrario. Por lo tanto, de todos esos anhelos particulares surge, de manera siempre continua, un único anhelo principal del consejo federal de Alemania. Ese anhelo resultante fluye hacia el que resulta del parlamento imperial, y a grandes rasgos así se genera la política del imperio alemán.
Mirad entonces, trabajadores alemanes, hacia el interior de un estado alemán en particular, como por ejemplo Prusia. Allí tenéis un partido conservador, otro liberal-conservador, otro nacional-liberal, otro liberal y otro ultramontano. Tenéis el gobierno, la cámara de señores y la cámara de diputados, y además la opinión pública. Entonces, ¿qué constituye a grandes rasgos el movimiento del estado prusiano? Es exactamente lo mismo que he desarrollado respecto a la situación de Alemania en general. El partido conservador quiere esto, el nacional-liberal aquello, etc., y a partir de todos estos anhelos particulares surge de forma continua un único resultado: la política del estado prusiano.
Mirad entonces, trabajadores alemanes, hacia el interior de un partido alemán, pero os pido por favor que no sea hacia el interior del vuestro, ya que habríamos de terminar gritando tan fuerte que mi voz no habría de ser escuchada, y debéis escuchar mi voz. Tomemos entonces al partido nacional-liberal. Allí el ala de más extrema izquierda quiere esto, la de más extrema derecha aquello; el señor Lasker quiere esto, el señor Forkenbeck aquello. Pero a partir de todos esos anhelos particulares surge uno único: la política del partido nacional-liberal a grandes rasgos.
Mirad entonces, trabajadores alemanes, hacia el interior de una ciudad alemana. Allí se da exactamente lo mismo. En el consejo comunal el señor X quiere esto, el señor Y aquello; en la magistratura el señor A quiere esto, el señor B aquello; a veces el comisionado de gobierno secunda a un magistrado, otras veces a un miembro del consejo, otras veces se opone a una resolución en común, y a partir de todo esto surge a grandes rasgos la vida comunal.
Mirad entonces, trabajadores alemanes, hacia el interior de una familia alemana. De nuevo veréis lo mismo. El padre quiere esto, la madre aquello; el hijo mayor quiere esto, la hija menor aquello; y por encima de todos ellos se sitúa el presupuesto familiar, de hecho lo hace con una voluntad totalmente determinada, en la medida en que de él depende la decisión en muchos casos, por no decir que en la mayoría. De todas esas disposiciones volitivas particulares surge a grandes rasgos la vida de una determinada familia.
Mirad entonces cada uno de vosotros hacia el interior de vuestros pechos y repasad el transcurso de vuestras vidas, y allí cada uno de vosotros habrá de hallar lo mismo. A veces queréis emigrar a América, otras veces permanecer plácidamente en el país; a veces queréis ir a la cantina, otras veces escribir una carta; a veces queréis trabajar, otras veces descansar; a veces queréis comer, otras veces dormir; a veces queréis esto, pero a veces eso se os niega; otras veces aquello, pero os veis limitados y recortados; otras veces queréis una tercera cosa, pero a través de un peculiar encadenamiento de circunstancias obtenéis mucho más que aquello que pretendíais. Y de todos esos anhelos, satisfacciones, impedimentos, negaciones y ampliaciones resulta en cada uno de vosotros un determinado transcurso de vida.
Ahora podemos resumir. En cada instante que hemos considerado vuestras vidas privadas desembocan en la vida familiar; ella a su vez, en la vida comunal; ésta en la vida del estado de Alemania al que pertenecéis; ésta en la vida de las grandes corporaciones del Imperio Alemán; y ella finalmente en la vida de la familia de los grandes estados de Europa. Si seguimos adelante, la vida de Europa desemboca en la vida de toda la población de la tierra.
Observad, trabajadores alemanes, a partir de qué gran cúmulo de anhelos individuales y de corporaciones se genera la vida de la humanidad; o dicho con otras palabras: la vida de toda la humanidad es el resultado de todos los anhelos de todos los hombres particulares que en cada momento dado poseen un carácter totalmente determinado, un carácter para el cual sus acciones son todas necesarias, absolutamente todas.
Creo que he hablado muy claramente y que cada uno de vosotros ha podido entenderme. Sin embargo quiero explicaros nuevamente esta cuestión tan importante con un ejemplo.
Pensad en primer lugar que el príncipe Bismarck muere repentinamente, luego pensad también que gobierna por veinte años más el Imperio Alemán. ¿El movimiento de la humanidad sería el mismo tanto en el primer caso como en el segundo?
¡No! Sería completamente distinto.
Y del mismo modo es cierto que si uno de vosotros muere, sin importar cuán insignificante se presuma como individuo, la marcha de la humanidad habría de tornarse una distinta de la dada con él permaneciendo vivo.
Así podéis ver muy claramente que en esta acción en conjunto y de oposición, que de forma concisa llamamos lucha por la existencia que sostienen tanto individuos como estados, cada estado juega un determinado papel: contribuye en la conformación del destino de la humanidad.
Además observáis que resulta sumamente importante cómo se configura la vida interior de un estado, porque el resultado de esa vida interior determina en lo esencial la política exterior de un estado.
Finalmente veis que es de suma importancia cómo se configura la vida de cada hombre en particular, ya que el movimiento de la humanidad, si uno deja de lado las corporaciones, es el resultado de los anhelos de todos los hombres. Muy ciertamente no es algo irrelevante si solamente uno de vosotros abandona esta sala pensando de un modo distinto de cómo lo hacía cuando ingresó en la misma, ya que a partir de este cambio en su modo de pensar habrían de generarse consecuencias inestimables para toda la humanidad.
Considerando todo esto, debéis prestar especial atención a que el movimiento de la humanidad no es algo casual, sino algo necesario, incontenible, inmodificable; es un movimiento totalmente determinado. Éste es el férreo destino de la humanidad.
Entonces, ¿cuál es la meta de la humanidad, en lo que os puede interesar, trabajadores alemanes?
Es el estado ideal, un estado en el que todos los ciudadanos habrán de experimentar todas las bendiciones de la cultura gracias a una insuperable organización del trabajo, estando éste emancipado del capital. En este estado la humanidad se hallará libre del dolor en un grado que jamás se ha de superar.
Finalmente podemos relacionar este destino de la humanidad inalterable, omnipotente y férreo con esta meta, con el estado ideal, y obtener así la religión, o mejor dicho, la filosofía de los trabajadores.
¡Trabajadores alemanes! Grabaos en vuestras mentes esto que ahora os diré.
El inalterable y omnipotente movimiento de la humanidad hacia el estado ideal es el aliento de una divinidad en el que no debéis creer, sino al que debéis reconocer, ya que éste colma todos vuestros sentidos, toda vuestra razón.
Y a este aliento divino, a este Espíritu Santo, que envuelve a la humanidad “empollándola con alas de paloma” debéis confiarle por completo vuestros corazones para que os colme con un cálido amor y os atraviese e invada rápidamente como un claro e incandescente entusiasmo. En este dichoso momento os hago un pedido, os pido una entrega incondicional a este espíritu, os pido un continuo -¿me escucháis?- un continuo servicio religioso por parte de vosotros.
De este modo retornamos una vez más a aquello desde donde hemos partido: a la exigencia de que los impulsos oscuros del hombre, con el progreso de la humanidad, se conviertan en espíritu y de que los ciudadanos del mundo se sitúen por encima del patriotismo.
¿Es todavía necesario que rebata estos reproches? Ciertamente no. Aún así quiero hacerlo.
Es algo completamente indudable que con el progreso de la humanidad todos los impulsos de la sangre que uno habitualmente llama instintos, como el amor maternal, el amor paternal, el amor de hijo, el amor a la patria, la misericordia, etc., se irán debilitando continuamente. ¿Por qué? Porque en la misma medida en que se desarrolla la razón, han de desarrollarse también las obras externas de la razón, las instituciones que aseguran la subsistencia de los individuos. El amor maternal aún resulta ser algo necesario porque en el estado de situación actual los recién nacidos habrían de perecer, si las madres no los protegiesen y cuidasen en base a un impulso daimónico. Por el contrario, dentro de algunos siglos muy probablemente ya no exista el amor maternal entre los hombres, puesto que el estado habrá de asumir la protección y el cuidado de los niños por medio de instituciones insuperables. Y así también resulta altamente probable que en algunos siglos el amor a la patria también sea algo innecesario, ya que entonces los estados habrán de convivir en una federación que hará del patriotismo algo innecesario.
Pero, trabajadores alemanes, del mismo modo que hoy en día el amor maternal resulta aún algo necesario, también lo es el amor a la patria, y de hecho, un amor a la patria que sea un apasionamiento alocado.
¡Sed razonables, trabajadores alemanes! ¡En mayo no le pidáis a un manzano que os dé fruta madura!
Así también desmantelo el segundo reclamo valiéndome de la presente investigación. Hoy el movimiento de la humanidad emana todavía de una acción común y de oposición, o dicho de una forma más científica, de la cooperación y del antagonismo de grandes estados, y por eso toda persona razonable debe aferrarse a su patria con toda la fuerza de su alma, a fin de que ella pueda erigirse como el país más poderoso en esta guerra de las nacionalidades.
Como ya hemos dicho, en algunos siglos todo esto puede ser distinto; el patriotismo puede ser algo completamente inadecuado para ese momento, de hecho, una absoluta necedad; pero hoy en día, trabajadores alemanes, retened esto, un patriotismo ciego de los ciudadanos es la condición para la existencia de un estado, y el cosmopolitismo es una necedad, y en efecto, un crimen.
Como ya os he dicho muchas veces, hoy en día el bienestar de la humanidad es en sí mismo impulsado por medio de la entrega a un estado en particular. En este período histórico mientras más ardorosamente seáis alemanes y solamente alemanes, tanto más aportaréis al bien de la humanidad; y mientras más os convertís en simples y mundanos soñadores de un mundo único, tanto más lentamente ha de moverse la humanidad y -muy íntimamente ligado a ello- tanto más tarde habrá de surgir ese estado ideal que para todos vosotros tan profundamente deseo. Por eso también afirmo descarnadamente: quien hoy en día es en primera línea un ciudadano del mundo, traiciona no solamente a su pueblo, sino también a la humanidad: es íntegramente, cada pulgada en él, un Judas Iscariote.
Y nuevamente mi ojo interior ve en esta sala a la pálida sombra de Ferdinand Lassalle entre nosotros.
En su espíritu pretendo responderos ahora esta importante cuestión: ¿Cuál es la misión del espíritu del pueblo alemán que debe cumplir en beneficio de la humanidad, atended bien, en beneficio de la humanidad? Tened presente de mi primer discurso con qué brillo y fuerza Lassalle ha expresado el pensamiento de su gran maestro Fichte:
Que el pueblo alemán no solamente sea un eslabón necesario en el desarrollo del plan divino universal, al igual que cualquier otro, sino precisamente aquel que en soledad ha de preparar el suelo sobre el cual puede ser erigido el reino del futuro, el reino de la libertad perfecta.
¡Con cuánta intimidad y con qué profunda seriedad reproduce este pensamiento, con qué entusiasmo lo lleva más allá y lo reforma! Ya que de hecho se corresponden mutuamente el más íntimo convencimiento de un auténtico patriota alemán como lo era Lassalle y la elevada concepción que tenía el genial filósofo político Fichte acerca de la determinación alemana en lo que respecta a los pueblos.
Me aventuraría muy lejos, trabajadores alemanes, si pretendiese exponeros, con detalles y basándome en las obras de Fichte, por qué le atribuye al pueblo alemán una tan alta determinación, la tarea más elevada para un estado que nos resulta pensable. En este momento solamente quiero referirme brevemente a su fundamentación.
Desde el comienzo destaca la importancia del hecho de que los alemanes hablamos una lengua primigenia sin mezclas, por lo cual el desarrollo del espíritu del pueblo alemán es unitario, como solamente podía resultar de sí mismo. La nación alemana, con su orgullosa lengua, se sitúa entre las otras naciones de Europa como si fuese un árbol frutal originalmente noble ubicado entre otros que o bien son árboles frutales salvajes o son injertados. Fichte remarca que esto ha de darnos un peso espiritual extraordinariamente grande entre todas las otras naciones, y tiene razón.
¿No es cierto, trabajadores alemanes, que os sorprendéis cuando pensáis cómo habláis en vuestros majestuosos y poderosos dialectos sin que medie pensamiento alguno? Os sorprende en la misma medida que mi referencia a que el aire de la patria es distinto del de San Petersburgo y del de París. Tened a bien reunir toda esta admiración e interiorizarla.
Es el momento propicio para que nazca en vosotros el orgullo de ser alemán, a fin de que dejéis de ser unos lacayos europeos por encima de cuyas cabezas avanzan con desprecio señores italianos, franceses, ingleses y rusos. “¡Quitaos finalmente el delantal de criados y la gorra de dormir!” os digo con una seriedad festiva. Sería tanto mejor que os convirtieses en lo contrario y os volvieses más orgullosos que cuando procedéis a lamer el escupitajo de otras naciones. Cuando pensáis en las batallas de Wörth, Gravelotte y Sedan, echáis vuestras cabezas tan atrás hacia vuestras espaldas como os lo permite la articulación de los músculos de vuestros pescuezos. ¡Ya no más un tonto rubor en vuestras mejillas, sino más bien un orgullo propio en una mirada iluminada, así os quiero ver de ahora en adelante, trabajadores alemanes!
Muy relevante para ello resulta el hecho de que hablemos una lengua primigenia libre de mezclas, pero de ninguna manera nos brinda un factor decisivo. Mucho más importante resulta otro: que el pueblo alemán no disponía de un territorio antes de 1870. Nuestro pueblo andaba errante, tal como Lassalle lo expresó en su bello discurso de conmemoración de Fichte:
De aquí a allá, como si fuese un espíritu expulsado, constituyéndose en una simple interioridad espiritual, suspirando por una realidad, por el territorio alemán, por la unidad alemana. (43).
Tuvimos emperadores alemanes en la edad media y luego una federación alemana, pero eran formalidades externas y artificiales, y no una forma nacional y orgánica. Tuvimos una patria bávara, otra prusiana, otra austríaca, pero no una alemana.
En donde terminaba el poder de esos príncipes no terminaba la lengua y el espíritu del pueblo; en donde la acción de esos príncipes alcanzaba un límite, ese espíritu del pueblo, su cultura y sus usos iban más allá. (Ibídem, 30).
Pero en 1870 hemos surgido en el escenario del mundo como una nación completamente nueva, como un pueblo que no ha sido formado o unido por medio de una historia unitaria, sino más bien es como si hubiésemos caído del cielo con la más perfecta fuerza humana, mientras que todos los pueblos que nos rodean cargan con las cadenas de su tradición, de su pasado, y por las mismas son tironeados hacia el suelo. Tenemos alas, las otras naciones no; la nación alemana se sitúa en Europa como un gigante armado rodeado de ancianos y de niños.
¡Trabajadores alemanes! Contemplad a vuestra nación que finalmente ha conseguido el suelo nacional valiéndose de sus manos, también de las vuestras, que de inmediato y de la nada se ha constituido como una nación, y debéis brindar, ha de ser un “frenesí divino”, y ese frenesí habrá de honraros.
Como ya se los he remarcado, a Fichte le fue negado poder ver la unificación alemana, así como también a Lassalle. Por lo tanto Fichte solamente pudo hablar de ella en forma profética. Escuchad entonces qué ha dicho este potente pensador:
Por este postulado (es decir, por esta exigencia) de una unidad del reino, de conformar un estado completamente amalgamado en su interior y en sus organismos, son convocados todos los alemanes, y con ello al eterno plan universal. En ellos debe iniciarse el reino desde una ilustrada libertad personal, y no al revés: desde una personalidad previamente formada para el primero de todos los estados, formada entonces en los estados particulares, en los que alguna vez habrán de caer, aquellos que, como medios dispuestos para un fin superior, deberán entonces desaparecer.
Y así desde ustedes será conformado un auténtico reino del derecho como jamás ha surgido uno similar en el mundo, surgirá en todos el entusiasmo por la libertad de los ciudadanos que ya divisábamos en el viejo mundo, pero sin sacrificar a la mayor parte de los hombres como esclavos, sin los cuales los viejos estados no podían constituirse, por la libertad fundada sobre la igualdad de todos aquellos que portan un rostro humano. Solamente por los alemanes, que desde hace milenios están presentes para ese gran propósito y han madurado lentamente; en toda la humanidad no existe otro elemento capaz de este desarrollo. (Doctrina del estado, IV, pág. 423).
¿Habéis entendido, trabajadores alemanes?
Fichte dice entonces que a lo largo y ancho de la tierra no existe ningún otro pueblo más que el alemán que pueda fundar el estado ideal; no pueden hacerlo los franceses, ni los ingleses, ni los rusos, solamente los alemanes pueden fundar el reino del futuro, y Fichte tenía razón.
¿Qué hacéis vosotros, por el contrario? En un total oscurecimiento del corazón y del espíritu desviáis la mirada hacia el oeste, en donde, como es sabido, no sale el verdadero sol, sino solamente un sol aparente, la luna con luces prestadas; miráis hacia París, el poderoso hombre alemán quiere atrapar la paloma rostizada de un anciano tembloroso. ¡Oh, vosotros necios! ¡Oh, vosotros lacayos!
¿Qué harían Fichte y Lassalle si pudieran regresar vivos del descanso eterno y estuviesen hoy en Alemania? Para ello solamente hay una respuesta. Fichte tomaría una espada y Lassalle un látigo de cuero de hipopótamo del Nilo, y ambos habrían de montar un terrible tribunal para vosotros, mientras que sus rostros habrían de cubrirse con un torrente de lágrimas de ira.
Trabajadores alemanes, prestad atención a lo que os digo, hacedlo con precisión y mis palabras podrán caer como si fuesen ardientes gotas de plomo sobre vuestras heridas que los mentirosos de la política os han provocado.
No serán los franceses quienes os brinden la emancipación social, sino vosotros se la daréis a ellos.
Apuesto toda mi existencia a cambio de nada que Alemania será la líder de la humanidad hasta el surgimiento del estado ideal. El rol de las naciones romanas ha llegado a su fin.
Lo quieráis o no, trabajadores alemanes, debéis marchar al frente de las naciones europeas. ¿Por qué? Porque el movimiento de la humanidad no es algo casual, sino completamente necesario, porque el liderazgo cambia de período histórico en período histórico y porque ese liderazgo para el próximo período histórico fue dado a Alemania entre relámpagos y truenos. Incluso si es olvidada toda la socialdemocracia, su maestro Lassalle y toda su doctrina, si su recuerdo es escupido y pateado, como si una manada de lobos hambrientos pretendiese atacar al imperio alemán para destruirlo, nunca ha de ser destruido, ciertamente no, por Dios todopoderoso no ha de ser destruido.
Habiendo arribado a este punto, os pregunto con una atrevida sinceridad: ¿queréis devolver la bandera de Lassalle, la inmaculada bandera de los grandes patriotas alemanes, o queréis seguir colgados del faldón de los franceses, olvidando las batallas de Wörth, Gravelotte y Sedan?
¿Queréis a Lassalle o a los héroes apátridas de la internacional?
Gritáis: ¡Lassalle!
Bien, entonces he de continuar. Si no hubiéseis clamado tan unánimemente por Lassalle, algo que os honra en sumo grado, me habría retirado para no aparecer nunca más frente a vosotros. Me conformaría por completo en mi conciencia con haber cumplido con mi obligación de retraerme en mi individualidad con una compasión asfixiante.
He de continuar, iniciando el resto de mi discurso con la pregunta: ¿qué debe hacer el trabajador alemán en el ámbito puramente político -al social hemos de tratarlo más tarde-, si pretende seguir a sus grandes ejemplos Fichte y Lassalle; qué debe hacer el trabajador alemán para aportar a la misión de su patria?
Aquello que ante todo debe hacer un trabajador alemán es hacer que cese por completo su enemistad con el valioso imperio alemán conseguido con la sangre de los alemanes. Y no solamente debe dejar de lado esa enemistad, sino también debe arder en el más puro amor por el estado alemán. Debe mantenerse despierto cuidando de este joven imperio, como lo hace una madre con su bebé en la cuna: con amor, entregándose, siendo capaz de cualquier sacrificio.
A ese joven estado alemán debe brindarle cada gota de sangre que haya en sus venas, debe dedicarle cada uno de sus pensamientos. Dentro de sí debe aumentar la chispa del amor al propio hogar, que es natural e instintivo, hasta lograr la ardiente flama de un amor a la patria consciente y desgarrador.
Finalmente debe derrotar sin miramientos a todo aquel que insulte, quiera infravalorar o incluso traicionar a este joven imperio alemán. Y si uno de estos canallas es tan grande y poderoso como el gigante Goliat y aquel que se levanta contra él en una santa ira es tan pequeño como David, habrá de hallar una ayuda: los espíritus de Fichte y de Lassalle habrán de guiar sus brazos y el gigante habrá de caer.
Pero ahora aparece ante nosotros el espíritu de Lassalle con la más seria exigencia de ser personas muy prácticas en el ámbito puramente político, y de no convertirse en alguien simplemente fantasioso. Por eso hemos establecido cuál es en estos días la principal tarea de un trabajador alemán en el ámbito puramente político.
He de recordar el desarrollo anterior. Os he mostrado que el movimiento de los pueblos europeos es el resultado de todos los movimientos individuales. Debéis recordar esto. Desde que ha surgido el imperio alemán, el movimiento de la humanidad europea se ha vuelto esencialmente distinto del movimiento anterior. ¡No es ningún milagro! En donde antes el poco profundo arroyito de la federación alemana dejaba fluir su brillo delgado y débil en el movimiento general de nuestra parte del mundo, se precipitan ahora en las profundidades las rápidas y espumosas correntadas del imperio alemán, que determinan la marcha de la totalidad.
Además, os recuerdo que vivimos en un tiempo en que las naciones de Europa son aún estados estrictamente diferenciados con intereses específicos, lenguas específicas, costumbres específicas y conformaciones específicas del espíritu y del corazón. En un lejano futuro se divisa el tiempo en que todas esas ásperas oposiciones han de ser compensadas y en el que el famoso rebaño único ha de proyectar su sombra sobre la tierra: debéis tener en vista no aquello que puede ser, sino aquello que efectivamente es, aquello que ha llegado a ser en un proceso histórico completamente necesario. Debéis interiorizaros en el contenido real de nuestros tiempos y no podéis hacerlo en el que es probable dentro de los próximos siglos, en efecto, esto no será en las próximas décadas, si es que no pretendéis convertiros en los soñadores más estrechos de miras y dignos de ser malditos que jamás han visto la luz del sol.
¿Qué nos demuestra el presente orden político de Europa? Nos enseña que todas las grandes cuestiones políticas, todas sin excepción, solamente pueden ser resueltas con la espada. Los intereses son de naturaleza muy distinta como para poder ser satisfechos por vías pacíficas. Aún si básicamente sólo se trata de tres clases de intereses: el interés de los pueblos eslavos, el de los germanos y el de los romanos; estos bastan por completo para cubrir a quien lo piensa con una atmósfera totalmente brumosa.
Os lo repito nuevamente, trabajadores alemanes: estas relaciones son relaciones reales que hacen valer su existencia como si fuesen peñones, y que para nada han de cambiar frente a los suspiros y piadosos deseos de los utopistas de buen corazón, al igual que los alpes cuando vosotros los sopláis. Además, os lo repito: mientras más fuerte se muestre el imperio alemán en esta lucha gracias a vosotros, tanto más habréis de hacer por toda la humanidad, cuyo movimiento es básicamente uno.
De esta férrea marca militar de nuestra época resulta por sí misma la principal tarea práctica del trabajador alemán. No debe ser arrastrado de los pelos al servicio militar, sino con un corazón lleno de júbilo y en la clara luz del entusiasmo debe tirar del faldón del imperio alemán, que en nuestro tiempo necesariamente no es un blanco faldón talar de paz, sino uno corto y ajustado del servicio militar.
Sé muy bien, trabajadores alemanes, que los jóvenes alemanes, con muy pocas excepciones, son enrolados en las fuerzas nacionales solamente con el más profundo desagrado. En referencia a ello he tenido experiencias que han desgarrado mi corazón: en mi recuerdo mi mirada no puede posarse con plena satisfacción en ningún momento. Pero esto puede y debe ser de otro modo. ¿Quién puede tomar a mal la resistencia de vosotros cuando se piensa que no tenéis un propósito nacional que os estimule, que no sabéis que elevada tarea ésta debe cumplir y que por eso vosotros necesariamente tenéis que errar por una vía equivocada que os ha sido señalada por gente carente de juicio en una forma fabulosamente torpe o por seductores carentes de conciencia? Pero ya no tenéis más excusas, ya que os he abierto los ojos y revelado la verdad. Pues ahora tenéis un propósito: el estado ideal encerrado en los pliegues del imperio alemán, el reino del futuro cubierto por las arrugas del imperio alemán, cuyo propósito, si lo captáis con un espíritu puro, ha de encender vuestros corazones como el destello de un rayo chisporroteante. Pero ya no tenéis más excusas, pues ya os he dicho que la redención de la humanidad depende de vuestra ardiente entrega al estado alemán. Se los he explicado en un modo que hasta un niño hubiese podido comprenderlo.
Ahora no os puedo dar permiso de echar un vistazo en mi vida privada. Por eso os pido que creáis en mi simple palabra de honor de que nadie más que yo puede tener más derecho de pediros que entreguéis vuestras fuerzas con pleno amor al ejército nacional, ya que en forma voluntaria, absolutamente voluntaria, he ofrecido al ejército nacional ese sacrificio que vosotros ofrecéis con un corazón gruñón. Bajo ciertas circunstancias he cargado sobre mí el lastre del servicio militar, en efecto, el del servicio militar más complicado bajo todo aspecto, uno tal que solamente puede soportarlo aquel cuyas fuerzas han sido aumentadas diez veces gracias al entusiasmo. Estas credenciales deben bastaros, no puedo ser más claro.
Pero aquel que es estricto consigo mismo, estricto sin miramientos, puede también exigir a los otros lo más difícil. Entonces os pido una vez más: que se ofrezca a la patria el duro sacrificio del servicio militar con el mayor amor, con verdadero entusiasmo y con un corazón ardiente. En la medida en que hagáis esto, en la medida en que experimentéis sufrimiento, prestaréis un servicio a la humanidad, algo que no debéis olvidar jamás, y Lassalle os bendecirá desde las luminosas alturas.
¿O creéis acaso que Lassalle, si se le hubiese concedido vivir el grandioso año de 1870, habría hecho oposición al señor von Bismarck? Habría pronunciado un discurso ante vosotros frente al cual todos sus discursos más significativos que hemos sido tan afortunados de poseer habrían de palidecer como un seco ramo de flores frente a una fragante rosa húmeda de rocío. ¿O acaso creéis que Lassalle, si hoy viviese, habría de disgustarse por el imperio alemán gloriosamente obtenido? Del mismo modo en que Guillermo el Conquistador se echó al suelo de Inglaterra, se arrojaría a esta santa tierra alemana y exclamaría: ¡Te acepto, imperio alemán, y nunca, nunca, te dejaré ir!
Trabajadores alemanes, a continuación debemos enunciar los primeros puntos de vuestro programa:
1) Puro servicio religioso, es decir, una total entrega al movimiento de la humanidad hacia el estado ideal.
2) Alemania, Alemania por sobre todo.
3) Un servicio militar pleno de entusiasmo.
A esos puntos quiero agregar otro, pero entre paréntesis, ya que no sois convocados a participar en la alta política, algo que debéis delegar a vuestros representantes en el parlamento, a saber:
Ha de ser toda Alemania.
O dicho con palabras de Lassalle:
¡El concepto del estado de Austria debe ser desgarrado, despedazado, exterminado, triturado y sus cenizas deben ser esparcidas por los cuatro vientos! (La guerra italiana, 30).
Así, trabajadores alemanes, a fin de que vosotros tengáis siempre ante la mirada y en el corazón estas cuatro exigencias que os planteo, os aconsejo que no dejéis a nadie partir de estos encuentros sociales sin antes haber cantado a viva voz las dos auténticas canciones populares que detallo a continuación:
¿Cuál es la patria de los alemanes?
¿Es la tierra de Prusia? ¿Es la tierra de Suabia?
¿Es donde florece la vid junto al Rin?
¿Es en el estrecho de Jutlandia, a donde migran las gaviotas?
¡Oh, no! ¡Oh, no!
La patria ha de ser algo mayor.
¡Ha de ser toda Alemania!
¡Oh, Dios del cielo! Observa hacia allí.
¡Concédenos un recto ánimo alemán,
que nosotros la amamos fiel y buenamente!
¡Ha de ser así,
ha de ser toda Alemania!
Y:
¡Oh, tú, Alemania, debo emprender la marcha,
oh, tú, Alemania, me haces alguien valiente!
Quiero blandir mi sable,
mis balas han de tronar,
han de valer la sangre del enemigo.
¡Entonces adiós, que estés bien, delicado amor!
Que no llores con esos ojitos rojos.
Soporta con paciencia este dolor,
de mi cuerpo y de mi vida soy deudor,
pertenecen en primer lugar a Dios.
¡Entonces adiós, padre, amado de corazón!
¡Madre, recibe el beso de despedida!
A luchar por la patria
en segundo lugar me manda Dios,
por lo que debo despedirme de vosotros.
También ha resonado poderosamente en mí
un clamor a través de mi corazón y de mi mente:
el derecho y la libertad son lo tercero,
y me impulsa de estar entre vosotros
hacia la muerte y el combate.
¡Trabajadores alemanes! ¿Me prometéis que estaréis dispuestos a cantar estas canciones con plena conciencia tan a menudo como resulte posible? ¿Lo prometéis? ¡Bien! Vuestra recompensa por ello será la máxima sobre la tierra: un cálido corazón contento.
Es un grito de reconciliación, de unidad de todos los partidos en el campo puramente político, que os dirijo, y si Lassalle viviese, os lo dirigiría en lugar mío.
Habéis llegado al borde del abismo. El carro de la socialdemocracia no podría haber equivocado peor su rumbo; no podría estar más profundamente hundido en el estiércol que como se encuentra ahora. ¿Y por qué? Porque os habéis apartado de Lassalle.
Lassalle dijo en su discurso a los trabajadores de Berlín con la más profunda indignación:
¿Qué dirían los progresistas si enviase de ustedes aquí presentes un puñado de trabajadores a sus reuniones para interrumpirlos con vitoreos dirigidos a mí? (9).
¿Y qué habéis hecho? El cadáver de Lassalle, como se suele decir, aún no se había quedado frío, y ya os estabais abalanzando a las reuniones de los otros partidos, gesticulabais con bastones y emitíais bramidos como si fueseis animales salvajes.
Lassalle os había pedido lo más enfáticamente posible:
Todo logro razonable tanto en la vida como en la historia solamente resulta alcanzable por medio de un honesto labrar y trabajar, nunca por medio del mentir. (¿Entonces qué?, 36).
¿Y qué habéis hecho? Habéis rezongado en contra del imperio alemán; en vez de valeros del logro obtenido como punto de inicio para proyectaros a un nivel más elevado de la conducción nacional, habéis desviado la mirada hacia París, hacia un pueblo en extinción, tentados por hombres inconscientes. En vez de trabajar y “labrar”, habéis descartado en forma descuidada la pesada herramienta y habéis corrido en busca del colorido fantasma del cosmopolitismo. ¡Sois necios! Hoy en día ninguna paloma rostizada llega volando a la boca de nadie. Al estado ideal y a sus derechos ciudadanos debemos ganarlos con trabajo, y no fabularlos.
Lassalle os había indicado:
Apoyar a otros partidos políticos en esos puntos y cuestiones en que los intereses nos son comunes. (Respuestas escritas, 7).
Por el contrario, desde el principio habéis ofrecido resistencia a todo otro partido con el más terrible asombro.
Os había pedido ecarecidamente:
¡Que no haya odio entre partidos! ¡Que se luche honestamente!
Pero siempre os mostráis dispuestos a ampliar la brecha que os separa de los otros partidos.
En pocas palabras, habéis negado tres veces a vuestro mesías, tal como hizo Pedro con nuestro Salvador; en efecto, en lo que hemos desarrollado, en dos ocasiones habéis negado al patriota alemán Lassalle y al político práctico Lassalle (a la tercera ocasión la he de desarrollar próximamente).
Debéis poneros rojos de vergüenza, el temor debe asaltaros, si es que tenéis conciencia; pues las consecuencias de vuestro proceder suicida aún no se han materializado: algún niño podrá verlas.
Vuestro partido es temido como la peste por los otros partidos, y con razón. Toda persona de bien percibe de inmediato que todo sentimiento noble ha sido apartado en vosotros y sólo os atraviesan impulsos animales que echan a perder la suerte humana “según las partes pudendas y el estómago”. Toda aquella persona proveniente de los estratos superiores que os quiera ayudar precisa situarse por encima de padres que lloran y aprietan entre sus brazos, de hermanos que reprochan, porque ante sus ojos desfila una ruina segura. Cuando Lassalle aún enseñaba y luchaba no se precisaba sacrificio alguno cuando uno se incorporaba a un movimiento que portaba su noble sello; pero el hombre independiente que hoy en día pretende sumarse a nuestra causa debe ser un semidiós, es decir, debe encontrarse separado de la vida y del mundo.
¿Creéis acaso que en los estratos superiores no existen miles que brindarían su ayuda con un corazón misericordioso si así sólo les fuese más o menos? Os aseguro que existe un gran número de hombres buenos y justos que solamente esperan el momento en que abandonéis el camino equivocado y retornéis a la doctrina de Lassalle. ¡Retornad, para que sea un día de suma alegría para esta noble gente, ya que entonces podrán hacer lo que su corazón les dicte.
Conozco muy bien la solución que corre entre vosotros. Es la tercera negación de vuestro mesías, como he mencionado anteriormente, y dice: ¿por qué debemos ser conciliadores y obsequiar palabras amistosas a los otros? Esperemos aún un poco más, entonces llegará el día en que con un trabajo de veinticuatro horas, propio de una sangre aún más caliente, hemos de alcanzar mucho más que obsequiando millones de palabras conciliadoras a lo largo de diez años.
¡Pobres necios! ¡Pobres deslumbrados, que “coláis el mosquito y tragáis el camello”, que experimentáis placer interactuando con figuras nebulosas!
Os repito las significativas palabras de Lassalle:
Todo logro razonable tanto en la vida como en la historia solamente resulta alcanzable por medio de un honesto labrar y trabajar, nunca por medio del mentir. (¿Entonces qué?, 36).
Pero a un honesto labrar pertenece ante todo el suelo nacional, del cual no queréis saber nada. También es propio de ello el trato con los principales líderes de los otros partidos que quieran ser convencidos. ¿Creéis acaso que el ya difunto y noble Waldeck y el también difunto y noble Hoverbeck han tenido un corazón de piedra? ¿Creéis acaso qué los señores Lasker y Virchow, los líderes de los dos grandes partidos liberales, son insensibles al dolor del pueblo? Si les mostráis a ellos que sois gente honrada, que sois políticos prácticos, si le comunicáis a ellos vuestros deseos prácticos en el seguro suelo de la patria con el poder de convicción de un gran corazón, no solamente os ayudarán, sino también se sumarán a vuestros batallones.
Pero al mentir ante todo pertenece la esperanza en un violento estallido. ¿Creéis en verdad que la sociedad actual os tiene miedo? Cuando consultáis el primer buen manual de estadísticas, encontráis que el 50% de la población se emplea en la producción agrícola y como mucho, un 25% en la industria. También el ejército se compone en un 50% de gente de campo y un 25% de productores de manufacturas. No quiero considerar que la relación efectiva dentro del ejército es mucho más desfavorable debido a vuestra débil constitución corporal y la mucho más fuerte de la población rural.
El 50% de la gente de campo no escucha nada de lo que sea que vosotros expongan. Y haced una revisión de vuestras líneas. Allí hallaréis a simple vista sólo una fracción que pertenece a vuestro partido, y debéis descontar de esa fracción a todos aquellos que tienen poco ánimo y a los que aún se encuentran unidos a los estamentos superiores por alguna de las mil cadenas del sentimiento o del interés, entonces os espantaréis del pequeño número de vuestros batallones desarmados.
¡Trabajo honesto, trabajadores alemanes! ¡Un honrado labrar y trabajar las relaciones reales, trabajadores alemanes! ¡No mentir, trabajadores alemanes! ¡Una ardiente entrega al aliento divino que existe en el mundo, al estado alemán que existe en la actualidad, trabajadores alemanes! Os lo digo una vez más, ahora que pretendemos abandonar el ámbito puramente político. Os llamo a armaros solamente con armas de la armería de Lassalle, del fundador de vuestro partido, de vuestro redentor. Vuestro movimiento, que se ha iniciado tan bella y prometedoramente, ha marchado hacia atrás en vez de hacia adelante; habéis transitado la senda equivocada. Os insto a reconocer el camino errado y a retornar. Entonces, y sólo entonces, lograréis vencer; y sé muy bien que entonces habréis de vencer.
Estamos parados sobre el suelo social.
Trabajadores alemanes, recordad de mi primer discurso los siguientes momentos. Con palabras de Lassalle os he demostrado que la esencia de una agitación práctica consiste en que se concentre toda la fuerza solamente en un punto. Además os he señalado que Lassalle estaba tan convencido de ello que no se introdujo en el ámbito social de una forma práctica, sino más bien se quedó detenido en la pura exigencia política del derecho al voto universal y directo.
¿Cuál fue la consecuencia de esa sabia limitación? Un completo éxito. Poco tiempo después de la muerte de Lassalle, como es sabido, os fue reconocido el derecho al voto universal y directo.
A esto debemos aferrarnos firmemente.
¿Qué habéis alcanzado entonces en el ámbito social, trabajadores alemanes? Si no se considera lo poco que se os ha dado más por gracia de los partidos liberales y del gobierno que por vuestro mérito, uno puede decir que nada.
¿Por qué? Sin embargo aquí quiero ser muy comprensivo con vosotros, ya que no teníais propósito alguno; o mejor dicho: tuvisteis un propósito que Lassalle os lo había legado, pero que no era el propósito correcto. Si hoy estuviese vivo, podéis estar firmemente convencido de ello, habría de declinar la exigencia de los créditos estatales y habría de plantear un propósito práctico.
La pregunta es aquí: ¿por qué no ha de exigirse el crédito estatal?
La respuesta es la siguiente: si se os concediese el crédito estatal, no podría tener lugar una competencia con el capital reinante, ya que habría de resultar la derrota incondicional de todos los fabricantes; o bien Lassalle cayó en un error en lo referente a esta cuestión, o conocía la situación, pero la mantuvo oculta como alguien muy astuto. Creo que esto último es lo más probable.
Os resultará claro, trabajadores alemanes, que poco tiempo después de que el estado os haya garantizado los medios para organizaros autónomamente y asociaros, todas las fábricas del capital habrían de encontrarse bajo vuestra operación, ya que sencillamente allí ya no habría más trabajadores para poner las máquinas en funcionamiento. El gobierno sabe eso, o mejor dicho: la burguesía sabe eso, y la burguesía aún es un poder muy fuerte en el estado, en efecto, es en los hechos un poder a la vanguardia. Concederos créditos estatales por vías legales, expresado en rudos términos, sería el suicidio de la burguesía, y comprenderéis que esta debiese sentir cansancio de vivir para cobrarse su vida con las propias manos; pero si no me equivoco no solamente se encuentra rebozante de vida, sino también extraordinariamente hambrienta de ella.
Además, dadas las actuales relaciones fácticas de poder presentes en el estado alemán, la exigencia de créditos estatales es algo completamente irrealizable, algo completamente carente de perspectivas. Y la gente seria no se ocupa de cosas imposibles. Así como jamás podréis tocar un pedazo de la luna o del sol, a pesar del más intenso deseo y esfuerzo volcado, tampoco podréis demandar créditos estatales, ni siquiera con la agitación amistosa más poderosa. Por lo tanto debéis emprender un nuevo camino con decisión plena, es decir, debéis procuraros un propósito práctico, un propósito que os entusiasme y que al mismo tiempo no aliente al suicidio de la burguesía.
A ese nuevo propósito no debemos buscarlo, trabajadores alemanes. Os lo he dado en mi obra principal “La filosofía de la redención”, y al mismo tiempo como una amonestación a los círculos a los que pertenezco. Allí mismo afirmo que el único medio que puede retirar al pueblo alemán del torbellino de la cuestión social es la reconciliación del capital con el trabajo, y que esa reconciliación habrá de efectuar con fuerza legal que los trabajadores participen de las ganancias de los negocios en una misma proporción que el capital.
Esta exigencia es por eso eminentemente práctica, ya que todo hombre, y ante todo los que son fabricantes, siente que debe ocurrir algo a favor de vosotros, que la eterna disputa, las terribles broncas de ambos lados y ese intento de silenciamiento infructuoso y carente de resultados que se observa en las huelgas pueda cesar, y porque, como ya hemos dicho, es el único medio para lograrlo que ambas partes pueden aceptar. Los fabricantes pueden aceptarlo, ya que supone un sacrificio proporcionalmente pequeño, y vosotros, trabajadores alemanes, pueden aceptarlo, ya que os daría la mitad de un buen y dulce huevo, siendo que ahora tenéis una canasta vacía.
Si es aceptado, con una varita mágica haremos desaparecer:
1) La brecha entre empleadores y empleados, el odio de clase.
2) La huelga, que como bien habéis visto no alcanza un logro mayor que mantener activa la agitación.
3) Las crisis y sus tremendas consecuencias.
4) La miseria social.
Por otra parte, ha de emerger a la superficie de la vida social:
1) Una cooperación victoriosa, es decir, una armoniosa acción conjunta del capital con el trabajo.
2) La más bella formación del corazón y del espíritu para todos.
Además, trabajadores alemanes, el medio no tiene que ser puesto a prueba: ha pasado ya la prueba de fuego. Muchos fabricantes han hecho partícipes de sus ganancias a sus trabajadores, logrando un éxito sorprendente, aún cuando ese porcentaje de las ganancias para los trabajadores era muy reducido. En definitiva se trata de aferrarse a lo presente y seguir trabajando eso que ya está presente.
Os cedo aquí ese propósito al efecto de generar una agitación amistosa, nueva, saludable y exitosa, podéis estar seguros de ello. Y ha de ser tan exitosa como la agitación de Lassalle por el derecho al voto universal y directo.
Tal como ya hemos notado, la educación está estrechamente unida a la reconciliación del capital con el trabajo. Vuestra participación en las ganancias del negocio habría de colocaros en situación de enviar a vuestros hijos a la escuela por un período más extendido que el que hoy resulta posible, ya que podréis prescindir de su ayuda.
Una vez logrado esto, ya no mucho más sería demandado, y porque no soy amigo de los pequeños medios de los charlatanes, sino más bien un auténtico amigo de las curas radicales, ampliaré entonces vuestra agitación amistosa y legal, de modo que, como ya he afirmado en mi obra principal, haya de colocar otra exigencia junto a la de la participación en las ganancias: instrucción científica gratuita para todos. Remarco una vez más el término “científica”. Las escuelas elementales podrán ser sólo escuelas de preparación para todos los niños alemanes, y todos los niños alemanes, al abandonar esas escuelas, tendrán que ingresar en centros de instrucción superiores, según su capacidad y el deseo de sus padres. Aún cuando una instrucción científica para todos solamente pueda ser realizada poco a poco, se debe emprender, sin embargo, con total decisión el camino que conduce hacia allí y de inmediato deben procurarse todos los medios para que se acelere el logro de este propósito.
Ambas cosas, aferraos firmemente a ello, trabajadores alemanes, ambas cosas: la reconciliación del capital con el trabajo y la instrucción científica universal y gratuita han de alcanzarse por medio de una agitación legal y amistosa.
Entonces os convoco con palabras de Lassalle: ¡Comenzad “una agitación legal y amistosa, pero inagotable, incesante” para la institución de la participación de los trabajadores en las ganancias de los negocios y de la libre instrucción científica!
Comuniquen este clamor a cada taller, a cada pueblo, a cada hogar. Quiera ser que los trabajadores urbanos derramen sus expectativas más elevadas y su formación a los trabajadores rurales. ¡Que discutan, debatan en todas partes, a diario, sin cesar, sin interrupciones, en el mismo modo que en aquella gran agitación inglesa en contra de la ley del cereal, en reuniones pacíficas y abiertas, como también en encuentros privados, la necesidad de la participación de los trabajadores en las ganancias de los negocios y de la libre instrucción científica! Cuando el eco de sus voces se multiplique millones de veces, la impresión de la misma ha de tornarse más irresistible.
Y de nuevo:
¡Que repitan a diario, sin cansarse, lo mismo, de nuevo lo mismo, siempre lo mismo! ¡Mientras más sea repetido, tanto más captará a su alrededor, tanto más violentamente incrementará su poder!
Todo arte de efectos prácticos consiste en concentrar toda la fuerza a cada momento en un punto, el punto más importante. ¡Sin mirar a la derecha, ni a la izquierda, quedarse mudo en todo aquello que no se llame educación científica y reconciliación legal del capital con el trabajo y que no esté en relación con ello y que no pueda conducir a ello! (Respuestas escritas, 33 y 35).
¡Trabajadores alemanes! Una agitación así no puede fallar. Entonad el grito: “¡educación!”, así habrán de estremecerse con simpatía incontables corazones nobles de los estratos superiores. En el deseo de educación dentro de vuestros oscuros corazones se funda íntegramente la cuestión social: es el noble núcleo de la cuestión, y ese noble núcleo (apuesto toda mi existencia por esta profecía), cuando lo presentéis a los estratos superiores ya depurado, sin adherencias, miles y miles incluso provenientes de esos estratos seguirán vuestra justa causa. No tenéis noción alguna de la suma de justicia y bondad de corazón que permanece latente, es decir, que permanece contenida en los estratos superiores. Pronunciad con vuestras bocas el salvaje grito de anhelo: “¡educación!”, así esa fuerza podrá liberarse como por arte de magia, y miles y miles de suaves manos os ayudarán. No todos los fabricantes son duros de corazón, brutales, egoístas naturales; pero si aún este fuera el caso, ¿acaso los fabricantes cubren todo el contenido de los estratos superiores? Lo digo con atrevimiento: la mayor parte de los fabricantes no posee una formación espiritual más elevada que la de vosotros, incluso en ello están peor que vosotros, porque como dijo Lassalle muy acertadamente:
con fallas y sabiendo todo a medias, mucho más distantes de las enseñanzas de la ciencia y de la capacidad de adquirirlas que quien no sabe nada. (El impuesto indirecto, 120).
Por otra parte, casi toda la gente verdaderamente formada de los estratos superiores no está vinculada de forma inmediata a la industria, y apenas en forma mediata. Pueden decir de sí mismos aquello que ya alguna vez en la Edad Media la Universidad de París explicó:
que sea la ciencia de la que todo el mundo sabe que es completamente inútil, que no sea su hábito tener tras de sí los cargos y los beneficios, ni de ocuparse de ello de otro modo que no sea el del estudio, pero por eso su obligación es precisamente pronunciarse cuando se da el caso. (La ciencia y los trabajadores, 9).
Esas poderosas inteligencias libres, por llamarlas así, os pertenecen desde el momento en que habéis ingresado en la senda del auténtico patriotismo y abandonado el camino que un hombre respetable no debiera elegir.
¿Qué dije en mi primer discurso respecto a una auténtica agitación? Dije:
En toda verdadera y legítima agitación se ata en primera línea de generar una atmósfera espiritual. Todos los miembros del cuerpo que conforma el estrato deben sentir que hay algo nuevo en el aire. Esa novedad ha de seguirlos hasta el rincón más oscuro de sus hogares; ha de volverse una parte componente del aire que respiran; los ha de acompañar en la vida pública; ha de estar con ustedes en la mesa del desayuno y del almuerzo; ha de sentarse junto a ustedes en la realización de sus asuntos laborales; ha de acompañarlos al teatro, a los conciertos, a los bailes; ha de acostarse en la cama junto a ustedes; ha de amanecer junto a ustedes.
Mientras os repito esto, os convoco: comenzad la nueva agitación, mientras más temprano, mejor. Permaneced mudos y ciegos para todo lo demás; orientad toda vuestra fuerza sólo hacia los dos puntos dados; haced un petitorio al emperador, al príncipe Bismarck, a las academias, a las universidades, a todos los príncipes alemanes, a todos los parlamentos estatales, haced que vuestros representantes en el parlamento federal del imperio formulen precisas solicitudes y que siempre las compartan; exigidles que lo asienten en un digno informe para los líderes de otros partidos, sin excluir al señor Windthorst, a fin de que la solicitud encuentre gran apoyo. Hablad con palabras, hablad con miradas, hablad con gestos; decid siempre lo mismo, siempre lo mismo: así tendrá éxito la agitación, así debe tener éxito.
Finalmente en el ámbito social os llamo la atención en los siguientes puntos:
La participación legal de los trabajadores en las ganancias de los negocios convertirá poco a poco a todas las fábricas en sociedades anónimas. Las sociedades anónimas están obligadas a publicar sus balances, y por eso con el correr del tiempo el estado habrá de obtener la mirada más exacta en los ingresos de todos aquellos que tengan que ver con la industria. Por ello necesariamente debe surgir una legislación impositiva totalmente nueva que según su naturaleza interna afecte al impuesto a la ganancia.
Por eso mi opinión es que la reforma impositiva provisionalmente no debe ser incluida en vuestra actividad de agitación. En primer lugar, esto habría de contradecir al fundamento principal de una agitación práctica, el de concentrar toda la fuerza en un punto, ya que vuestra fuerza habría de fragmentarse, algo que siempre se ha de dar para mal. En segundo lugar, Lassalle cayó preso de un muy curioso engaño, que ahora pretendo desarrollar, en lo que respecta al impuesto indirecto, que ha de ser erigido como recargo sobre las necesidades vitales.
Es conocida por vosotros la férrea ley del salario. Sabéis que el sueldo promedio está determinado por el sustento vital que en un estado es requerido para la continuidad de la propia existencia y la reproducción, según las costumbres propias del lugar.
Entonces mientras más se encuentren cubiertos de erogaciones los medios de subsistencia irrenunciables, tanto más elevado ha de volverse vuestro salario promedio; y al revés, mientras menos impuestos haya sobre los alimentos, tanto más profundamente ha de caer el salario. Así veis muy claramente que el impuesto indirecto, considerado desde sus bases, debe ser indistinto para vosotros; ya que solamente con la desocupación podrían cobrar relevancia los alimentos caros, pero con la desocupación, de todas maneras, habríais de sufrir grandes carencias.
Si aceptáis que en el estado alemán se instituya un impuesto progresivo sobre los ingresos, entonces la sal, el pan, la cerveza, la carne, las bebidas destiladas, el café, el tabaco, etc., habrían de volverse significativamente más económicos por medio de la supresión de los impuestos indirectos. Es decir, dadas estas condiciones podríais alimentaros y alimentar a vuestras familias con menos dinero. ¿Y cuál sería una consecuencia inmediata de ello? Sería que al instante la férrea ley del salario habría de dominar de nuevo la situación, es decir, el salario promedio habría de caer.
Principalmente Lassalle se valía del impuesto indirecto para cubrir vuestra miseria, para cubrirla sin miramientos. También en este caso, al igual que con los créditos estatales, creo que Lassalle bien pudo haber reconocido su error, pero en cuanto que se trataba de un hombre eminentemente práctico no quiso dejar de dar curso al impuesto indirecto como un medio de agitación adecuado. Se aferró a este medio tan firmemente de corazón ya que conocía suficientemente el desconocimiento y la poca capacidad de juicio de sus adversarios.
Por otra parte, os aconsejo que vuestros representantes legales deben hacer en forma decidida un frente común en contra de la manera en que los bienes públicos se extienden en Prusia. Así, fincas públicas en Prusia son divididas en parcelas, y con grandes esfuerzos se consigue que haya pequeños propietarios. El gobierno actúa aquí bajo la presión de los partidos liberales que ansían detener la emigración.
Pero yo pienso que ha llegado el momento de derramar un nuevo espíritu, el espíritu de asociación, en un método de explotación económica de los campos que hoy resulta totalmente insostenible. Es reconocido con unanimidad por todos los hombres pensantes de todos los partidos que la producción agrícola debe ser reformada desde sus fundamentos, es decir que, precisamente en el mismo modo en que han surgido grandes fábricas en el lugar de los pequeños talleres, ha de emerger la producción en gran escala en lugar de la de en pequeña escala, si no se desata la mayor calamidad.
Así, si el gobierno prusiano en vez de hacer parcelas en las fincas públicas, las arrendase por un par de años, y solamente las arrendase, a trabajadores agrícolas asociados, proveyendo a las sociedades del necesario inventario móvil e inmóvil, también en la producción agrícola se reconciliaría de hecho el capital con el trabajo; se obtendría un foco de incendio que en una progresión geométrica se apoderaría de a poco de toda la actividad agrícola; y se alcanzaría un estado cuyas gloriosas consecuencias serían totalmente inestimables.
Con energía dirijo vuestra atención hacia este punto tan importante. No se ha perdido nada. Las presentes parcelas pueden ser reunificadas y ser empleados los actuales propietarios.
También aquí sólo se asociarían las cosas presentes, se estarían reformando las cosas presentes. Por ejemplo, en la provincia prusiana de Sajonia, donde reina un criterio extraordinariamente saludable, existen muchas fábricas de azúcar cuyos propietarios son campesinos ricos y terratenientes asociados. Las fábricas son entonces sociedades anónimas, un hecho que no tiene nada de sorprendente, pero su éxito es digno de admiración, ya que proviene del trabajo en común de los dueños a los que les pertenece la fábrica. Allí donde las fábricas no poseen un dueño principal, los accionistas se ven forzados a proveer una cierta cantidad de remolachas azucareras, algo que sin embargo, como veis, proviene de allí mismo, ya que en los hechos a cada fábrica le pertenece un complejo agrario determinado que es mantenido fértil y capaz de un rendimiento extraordinario con los adecuados fertilizantes provistos por la fábrica.
He resaltado anteriormente que el estado solamente debe arrendar las fincas, y no otorgarlas, y es un punto en el que debo mantenerme muy firme, ya que el deseo más íntimo de la socialdemocracia debe estar orientado no solamente a que la propiedad del estado no se vea debilitada, sino también a que siempre se vea incrementada.
En el desarrollo siguiente de esta agitación incluso el estado podría permitir que vosotros seáis partícipes del rendimiento de los emprendimientos que a él pertenecen.
Como conclusión, trabajadores alemanes, os pido que os apropiéis de qué consecuencias tendría para toda la humanidad que en Alemania se reconciliase el capital con el trabajo, ya que en esas consecuencias podréis reconocer muy claramente que solamente puede actuar a favor de la humanidad, y de verdad en grande, aquel que se entrega a la patria con toda su alma.
Ya os he expuesto que el movimiento de toda la humanidad resulta del movimiento de todos los estados individuales, y respectivamente del de todos los hombres. En la antigüedad más remota y gris solamente era posible que un pueblo pueda efectuar un desarrollo cultural cerrado. Hoy en día esto resulta completamente imposible. Todos los estados civilizados de toda la tierra se encuentran en la más íntima relación, ejercen un influjo recíproco, y sobre todos ellos se sitúa la ciencia internacional: la auténtica, única y justa internacional.
Allí en donde tenga lugar el avance de algún estado, toda la humanidad civilizada habrá hecho ese progreso. Como dijo el poeta:
La luz del cielo no se dispersa,
ni se tapa la salida del sol
ni con un manto púrpura, ni con capuchas oscuras.
Ya sea a la corta o a la larga, todos los estados han de seguir al que avanza. Cuando en Alemania logréis la reconciliación del capital con el trabajo, algo que es totalmente incuestionable, más tarde o más temprano, pero con la necesidad de una ley natural, la reconciliación del capital con el trabajo tendrá su manifestación de igual modo en Francia, en Inglaterra, en Austria, en Italia, en Dinamarca, en Bélgica, etc.
¡Vayamos con confianza hacia adelante, trabajadores alemanes! En la medida en que os entreguéis al joven imperio alemán con una exclusividad desgarradora, habréis de actuar a favor de toda la humanidad como no lo ha hecho ningún otro pueblo, o dicho con otras palabras: mientras más brillantes seáis como patriotas, tanto en mayor medida seréis también auténticos ciudadanos del mundo. Pero si por el contrario soñáis con ideales que recién en el futuro más remoto podrán tornarse reales, es decir, ser efectivos, y si en el presente apoyáis vuestras manos sobre vuestros regazos, no solamente traicionáis a la patria, sino también a la humanidad cuyos ideales quizás recién un siglo más tarde podrán ser realizados por culpa de vuestra alocada inactividad sobre el ámbito real del presente.
¡Un honrado labrar las relaciones del presente, trabajadores alemanes! ¡Un franco trabajar las relaciones del presente, trabajadores alemanes! Esos son vuestros ideales. ¡Expulsad para siempre de vuestras mentes y de vuestros corazones el alocado y miserable mentir!
Y aquí una cosa más. Espero haber logrado una imagen del carácter de Lassalle que haya tocado vuestro corazón por estar basada en la verdad, que a fin de cuentas siempre vence. Esta clara y brillante imagen en vuestras almas os alentará a realizar grandes obras. Os inclinaréis a ser dignos frente a los grandes caídos, os inclinaréis a alcanzar su brillante grandeza.
En vistas de alcanzar esos anhelos no debéis apoyaros en nada que no sean los escritos de Lassalle. Ya os he dicho que todo escritor deposita lo mejor de su espíritu en su obra. Lamentablemente vuestros líderes no han reconocido la importancia que tienen las palabras del maestro. Echo en falta con tristeza una edición completa de los escritos populares de Lassalle en una encuadernación bastante digna. Debéis conseguir una Biblia del trabajador, trabajadores alemanes, a la que podáis tomar y leer en cualquier momento libre. Debéis debatir acerca de sus sentencias principales, esclareceros acerca del profundo sentido que yace allí, y empaparos en vuestras almas de ese sentido. Cada uno de vosotros debéis contribuir, según vuestras posibilidades, a la publicación de una edición completa. Además de un importe monetario, estoy listo para colaborar con la redacción. Haría imprimir en negrita las sentencias principales y así también los artículos sapienciales de los trabajadores, a fin de que todos aquellos entre vosotros que disponen de muy poco tiempo logren captar en su sangre el espíritu de Lassalle en su parte esencial. La edición completa de los escritos populares de Lassalle es una cuestión de honor para los trabajadores alemanes. Será un bello gesto de vuestro agradecimiento por la obra inmortal de nuestro gran amigo caído que supo despertar en vosotros la conciencia de clase, que a partir de la nada hizo algo de vosotros, que os ha conducido hacia un camino en cuyo extremo final los hombres recién han de convertirse en hombres.
Os he hablado como un hombre independiente y completamente libre. Debido a mi libre prédica no solamente se me confrontará de forma desmedida en los más poderosos estratos sociales a los que pertenezco, sino también dentro de vuestros círculos. A ello siempre he de responder con las obstinadas palabras del campesino de Baja Sajonia:
¿Qué pregunto por la mentira?
Dios ayúdame.
En cientos de corazones mis palabras caerán en un suelo pedregoso, pero también en miles de corazones encenderán la llama, ya que la verdad es omnipotente y habrá de vencer. Mis palabras han nacido de la fuerza de la verdad, de la fuerza de un patriota alemán, de la fuerza de un político práctico que extiende vigorosamente la mano a su prójimo y orienta la mirada de su espíritu hacia la lejanía azul y luminosa. Mis palabras están vivas y serán efectivas. Ningún poder en la tierra las ahogará o debilitará. Han nacido de la necesidad, necesariamente han desembocado en el curso de los hechos y por necesidad habrán de afirmar esto mismo. Uno puede sacudirse bajo el férreo agarre de la verdad, pero no se puede librar de la mano de la verdad.
Y así os digo como cierre, resumiendo todo:
¡Sed alemanes, solamente alemanes!
¡Sed políticos prácticos, socialdemócratas prácticos, trabajadores honestos!
¡Sed soldados dispuestos a morir!
