Sobre la cordura y la locura cognitiva
Por Alejandro G Miroli
No puedo creer lo que percibo, no, sinceramente no puedo creerlo. Si, sé que lo estoy percibiendo, sé que no estoy soñando y aún así me es imposible creerlo.
Me dirás que mi posición es imposible, que si lo percibo con absoluta seguridad nada puedo yo hacer con ello sino aceptarlo. Si viene el tren y estoy en la vía, no podré ponerme a meditar si lo que percibo es real o no, sino que sencillamente me salgo del lugar. Si tal vez me corras con esos ejemplos, me dirás que todas las teorías del conocimiento –o las más serias tal vez- se han empeñado en mostrar que esas percepciones motivan ciertos juicios que son el fundamento, el lecho rocoso de nuestro conocimiento (igual, te dejo como problema que me expliques cómo se hace para que un enunciado sea un lecho rocoso, pero se que ustedes la tienen reclara).

Me dirás que aún los teóricos socio-constructivistas más radicales sostienen que la percepción aunque contaminada de prejuicios y condicionada por ideologías e intereses tiene algún papel, y que el más radical de ellos se aparta de la vía cuando llega el tren.
Pero no me entendés, yo no cuestiono lo que veo, no digo que lo que percibo está condicionado, es vago, es imposible de discernir, no, nada que ver, yo lo percibo con la máxima claridad que creo se puede percibir. Sencillamente que no lo creo.
Si, ya que me insistirás que es imposible, que si lo percibo y sé que lo percibo, tengo que creerlo. Que cuando te digo “No lo creo” lo que en realidad estoy diciendo es que dudo que aquello que se me aparece sea real, y que si insisto en esto estaré equivocando el llamado juego del lenguaje de hablar de lo Real (nuevamente ¿en serió pensás que hablar un lenguaje es como jugar a la Oca, que producir un poema, variar de estilo, aprender la cuantificación se asemejan a jugar a la generala, en serio lo decís?
No, nuevamente no me entendés, y seguís preso de tus categorías, que son todo o nada, blanco o negro, ser o no ser y demás. Vos pensás que es imposible que acepte algo como real y existente y que no lo crea. Si, vos pensás que la realidad motiva -por el mero hecho de serla- una adhesión incondicional; que una percepción que no sea ni vaga ni confusa, moverá a una completa aceptación, y que en suma, debemos tener un prejuicio a favor de la realidad;, y seguramente usás esto como criterio de cordura cognitiva: si alguien dice que percibe X y que no duda que su percepción de X está afectada por alguna distorsión y que X es efectivamente como aparece, y aún así no cree que X, entonces está cognitivamente loco –en tu vocabulario que seguramente será políticamente correcto en una muestra de la conmiseración de los poderosos- no llegarás a decir esto, pero bien que dirás que ese sujeto es irracional, es incoherente, es contradictorio; en suma eufemismos para evitar decir lo que piensas: que alguien que persiste en no aceptar aquello que es real, está rematadamente loco. Después de todo, ¿no será su situación análoga a la de aquellos que -en las representaciones caricaturescas de un loco- hablan con los tomates, ven elefantes voladores, y se saben Mesías?
Pero, ¿qué autoridad tenés para sostener esto? ¿Qué autoridad tenés para decir que la realidad es criterio de buenas creencias o malas creencias, o que el conocimiento solo es considerado bueno si se somete a la realidad?
Supongamos que aquello que percibo no cabe en los relatos que yo hago, en las narraciones con las que revisto mi vida, en las historias que recuerdo y que deseo, en suma que no cabe en mi vida; en todas ellas yo soy yo y muchos seres y cosas son los seres y cosas que conoces. Otros no, otros o te son extraños o poseen propiedades extrañas, o directamente no te podría decir que son, porque sólo son y están en mis relatos, narraciones, historias, deseos. Supongamos que mi vida no es una mera reacción ante el mundo, como en el caso del perro de Pavlov, sino que mis relatos, narraciones, historias y deseos son parte de mi vida, son parte de lo que me hace valioso y las tuyas son parte de lo que te hacen valioso. Que cuando te encuentro, no ansío que me cuentes el número de baldosas que pisaste, cuantas veces estornudaste, de que forma era la primara nube que viste al salir de tu casa (como verás todas cosas bien reales, bien percibidas, bien capaces de generar estímulos Pavlov). No, mi interés sos vos, cómo el mundo te traspasa y qué cambia, como ese cambio viene hacia mí, en suma lo que me dás y lo que te puedo devolver. Y en esa dirección no me interesará y será tedioso que me hagas un inventario de la realidad, como si fueras un archivista.
Y siguiendo con esta idea ¿Qué sos vos? ¿Acaso un catálogo de datos, tomados por percepción, o sos el valor que tales datos tienen para vos, el interés, el aburrimiento, el tedio, la pasión, la intriga que tales datos te despiertan? ¿Y acaso, tales sensaciones no surgen de tus planes, historias, relatos, narraciones, en suma del lugar que tienen los datos en los mundos que habitas? ¿Acaso esa camisa o ese disco no resuenan en escenarios, mundos situaciones que se anticipan justo en la medida que internas la camisa o el disco en su vida, y ello mueve el deseo y la voluntad de adquirirlos?
Seguramente optarás por la visión que te hace un sujeto deseante, viviente, capaz de articular en tu lenguaje todo el mundo que tenés como deseo, pasión, anhelo, aún aquellos que no podrás confesar a nadie. En cada caso la parte pavloviana será la menos importante, sólo te proveerá de argamasa para ese complejo deseante. (Acaso las manipulaciones de concursos, el ocultamiento de información que pueda dar ventajas en la carera académica, la afirmación de un monopolio del saber, el lobby en las comisiones de evaluación, que son cosas que en muchas partes hacen los filósofos que se ocupan del conocimiento, se puedan explicar pavlovianamente, o por el contrario, habrá que apelar al deseo, la ambición, la pasión, que te transforman; si incluso los deseos más secretos, esos que no podés poner en palabras porque oírlos se hace intolerable, son parte de sus relatos, de tus fantasías, y no son una repetición pavloviana del mundo.)
Puedo entender que tu prejuicio por la realidad sea de tal magnitud, sé que me mencionarás la ciencia moderna, con su extraordinario éxito predicativo y de aplicación (¿en serio piensas que un motor endotérmico de ciclo Diesel es una repetición pavloviana del mundo; tú, epistemólogo habrás inventado algo alguna vez?)
Pero después del vendaval de la epistemología crítica y constructivista no me hablarás de la ciencia, justamente de la ciencia en donde la realidad es apenas una justificación para la modelización, y en la qué casi nunca se cree en la realidad percibida.
No, el ejemplo no es feliz, más bien abona mi idea de que es perfectamente posible percibir con entera claridad, con la marca de realidad que pedían los estoicos, y sin embargo negarse a creerla.
Incluso en el caso del tren, no es tu creencia en que el golpe del convoy y tu cuerpo producirá una transferencia de energía cinética que destruirá tus tejidos óseos y ello acarreará una destrucción masiva de tejidos blandos. No es sino la incorporación del dato pavloviano –viene tren, entonces rajo- en un proyecto: quiero estar vivo. Y así podrás asumir que algunos se quedaron ante el tren y fueron en su búsqueda: porque su proyecto vital y su capacidad de narrarse, estaban estériles, se habían agotado, y era imperioso acabar con ese vacío.
Así que no me quieras probar la cordura con el ejemplo del tren: si nunca creemos en el tren sino que elegimos protagonizar la historia que creamos. Y solo allí el tren motivará un reflejo pavloviano o no, motivará lo que yo quiera. Pero esto supone que mi creencia o no, no depende de la realidad, sino de los relatos que yo protagonizo, y que elaboro, que te arrojo y que tú me devuelves; como amor, como solidaridad, como deseo, como comunión, como amistad, como reposo.
Entonces puedo percibir sin creer, y en ese caso lo percibido no guiará nada, ni mi acción ni mi deseo, ni nada. Será solo un elemento decorativo en los relatos y narraciones que genero.
Entonces, crees que es tuya la cordura cognitiva. Yo no, yo creo que, en tu lenguaje, haya un error. Si yo soy el loco, entonces la locura cognitiva es virtuosa.
¿Que no lo aceptas? Bien, tu deseo esta motorizado, sí, tu propio rechazo será una muestra de esa fuerza que nos puede llevar a no creer lo que percibimos literalmente.
Así, recuerda, tu ira ante las cosas, como esta lectura, es una marca de esa fuerza que los lleva a descreer de la realidad literal, que nos lleva a la locura cognitiva.
Congratulaciones.
