Sobre la obvia inutilidad de la filosofía y el arte

Una obra de arte
debería enseñarnos siempre
que no habíamos visto
eso que estamos viendo.

Paul Valéry

 

Cualquier situación de la vida cotidiana puede disparar una reflexión filosófica. Está presente en todos lados, en todas las situaciones de nuestra existencia. Pero en la vida cotidiana solemos dejar de lado, apartar, estas preguntas.

La filosofía es cuestionamiento, es provocación, es un modo de pensar y preguntarse por lo real. Podríamos decir que la filosofía es la interrupción del sentido utilitario de lo cotidiano. Nuestra cultura de consumo, centrada en el hacer y en la productividad, es negadora de esas otras dimensiones de lo real. Con sus efectos espectaculares y mecanismos de distracción, nuestra cultura obtura los fundamentos últimos, anula la autenticidad. Abrirse a esas preguntas es habilitar un camino que suele permanecer cerrado, un camino abierto hacia la búsqueda de fundamentos, y que nos ubica ante la experiencia de la insondabilidad de lo real. La filosofía “no resuelve” problemas, los crea: deja salir esas preguntas que solemos apartar. La filosofía es cuestionamiento radical.

¿Pero qué hacemos cuando “hacemos” filosofía? Filosofar es “pensar”, es “pensarnos”… pero no de cualquier modo. Porque es un “modo de pensar”, una “manera de pensar” la realidad. Un modo de pensar que va más allá de lo establecido, más allá de lo que soslayamos en la vida cotidiana.

La filosofía cree en el poder de la pregunta porque la pregunta permite instalar la perplejidad frente a los sentidos definitivos. La experiencia cotidiana presenta “problemas que debemos resolver”, problemas concretos, urgentes, que exigen soluciones concretas y urgentes. Hacer filosofía es problematizar la realidad de otra manera y trascender la esfera de la utilidad, de lo técnico, de lo concreto (que es una dimensión humana, pero que no es la única) . Somos capaces de “pensar” y “pensarnos” en otro orden: problemas como la muerte, la angustia, lo sagrado, la pregunta por la finitud y por el origen, son problemas que no se resuelven con un “cómo”. Son preguntas “improductivas”, que no sirven “para nada” y que nuestro mundo soslaya, nuestra cultura esconde, e impone la idea de que se trata de una “pérdida de tiempo”.

Hay una conocida definición que nos dice que la filosofía “es el análisis de lo obvio”.

Hegel expresa la misma idea cuando en varias ocasiones repite que lo “corrientemente sabido” no es por ello “conocido”.

Para entender mejor esta definición detengámonos en la etimología de la palabra “obvio”: proviene del latín donde el prefijo –ob significa “delante de”, “frente a” y via significa “camino”. Lo obvio es el camino que está ahí, frente a nosotros, y que creemos que es el único, incuestionable.

En la vida cotidiana las cosas se nos presentan como un camino único, un camino atravesado por un único valor hegemónico y dominante: el de la utilidad.

Si me pregunto ¿“cómo hago para salir de este recinto”?, la respuesta es obvia, no necesita ser cuestionada. Pero para la filosofía nada es obvio. Nada es definitivo. Todo puede ser cuestionado. Pensemos cuál sería la actitud de un niño pequeño ante esa pregunta: tal vez, no sería obvio para él que hay que dirigirse hacia esa puerta. Tal vez salte, corra, cante o pida en secreto que lo vengan a buscar. O deambule un largo rato por todas las filas de sillas del recinto, antes de salir por la puerta. Porque el niño tiene otro modo de pensar el mundo. Se relaciona con el mundo lúdicamente. Nada es obvio para él. La filosofía debe intentar recuperar esa otra experiencia de lo real, una experiencia que logre “desacralizar” el valor de la utilidad y la unilateralidad. El juego rompe con la univocidad de las cosas, permite pensar en otro valor más allá de la utilidad. El juego emancipa los objetos de su único sentido ligado a su función, abriendo la posibilidad de nuevos sentidos, abriendo la interpretación y las múltiples posibilidades en que nos relacionamos con las cosas. Recuperar el aspecto lúdico, diverso, abierto, libre, permite pensar la realidad desde otras perspectivas, nos permite pensar que la realidad puede ser de otra manera. Y tal vez, situarnos en esta dimensión permite trazar uno de los vínculos fundamentales entre la filosofía y el arte.

La filosofía y el arte son algo inútil, como el juego. El encuentro de lo inútil es lo que provoca la filosofía cuando pone todo entre paréntesis, cuando logra generar la pregunta por el “por qué”, trascendiendo el “cómo”. La razón lógica, productiva, calculadora, estratégica, demostrativa y dicotómica, creemos que expresa la realidad de las cosas. Y tal vez expresa una dimensión de las cosas, pero no constituye la expresión absoluta de lo real.

El arte tiene la capacidad de mostrarnos un modo de expresar e interpretar lo real distinto al de la racionalidad dominante y productiva. Arte y filosofía “no sirven para nada”, porque en ese desplazamiento, en esa interrupción del sentido utilitario de lo real, se produce el extrañamiento, se recupera la capacidad de asombro y es posible interrumpir el “funcionamiento” del mundo para verlo con otros ojos. Recuperar la dimensión lúdica de la existencia es lo que nos permite pensar disruptivamente.

Si la filosofía es “amor a la sabiduría”, es movimiento, camino, búsqueda. Hacer filosofía es emprender una búsqueda, donde el acento podría estar puesto más en el proceso que en el fin, más en el amor que en el saber. Esta búsqueda es como un juego, con su carácter estético, creativo y libre.

No queremos descuidar una pretensión filosófica importante, históricamente entendida como “madre de las ciencias”, y que nos remite a su origen y a una larga tradición, dado que por mucho tiempo filosofía y ciencia fueron de la mano. Pero también la filosofía, como muchos autores atestiguan, puede colocarse cerca de un propósito más expresivo, creativo, conmoviente, propio del arte.

Tanto la filosofía como el arte interrumpen la obsesión por la efectividad, “abren nuevos mundos”, siguiendo la atribución que Heidegger otorga a la obra de arte. Arte y filosofía ponen en duda las ideas preconcebidas, aceptadas. Logran salirse de los paradigmas instalados para pensar desde los márgenes, desde el umbral. Arte y filosofía, recuperan la capacidad de asombro, la mirada de niño, “abren la puerta para ir a jugar”….

 

Les propongo ilustrar todo lo que hemos dicho hasta ahora con algunas referencias a obras del artista belga René Magritte. ¿Por qué elegimos a este pintor? Porque lva obra de René Magritte busca despojar el pensamiento del corset del lenguaje, o al menos, de una concepción del lenguaje que limita al pensamiento encerrándolo en una estructura binaria y dicotómica. En las creaciones de Magritte es posible ver una estrategia para romper con lo obvio.

El modelo rojo (1935), La respuesta imprevista (1933) y Las vacaciones de Hegel (1958) son obras que muestran dialécticamente, las contradicciones, los opuestos, la posibilidad de asumir la otredad.

 

El modelo rojo, 1935
La respuesta imprevista, 1933
Las vacaciones de Hegel, 1958

 

Sobre el primer cuadro –El modelo rojo-, uno de sus favoritos, dijo el artista: “El problema de los zapatos demuestra cómo lo más primitivo pasa a aceptarse a base del hábito”. Es un ejemplo de hibridación, una de las técnicas con las que jugaba el artista para llevarnos a reflexionar sobre la “monstruosidad” del acostumbramiento.

La respuesta imprevista nos muestra “una puerta cerrada en un apartamento en el que un agujero informe revela la noche”. Los títulos de los cuadros de Magritte nunca describen el tema tratado. Al contrario, lo que provocan es un juego de irregularidades, una pista falsa cuyo único fin es provocar dentro del lenguaje y de la lógica verbal un enfrentamiento análogo al que se produce dentro del cuadro mismo. Acerca del tercer cuadro nos dice el mismo Magritte: “Creo que a Hegel le hubiera gustado este objeto que cumple dos funciones opuestas: repeler y recibir agua. Ciertamente le hubiese divertido, tal como uno se divierte durante las vacaciones.” El ojo no sólo ve lo obvio, sino que entiende, piensa…. Sabemos lo que se esconde detrás de la apariencia. Sus cuadros son hipótesis problemáticas de la realidad; evidencian el misterio, no lo resuelven.

 

La traición de las imágenes (1929)

 

Su preocupación por el extrañamiento y la operación de desplazamiento hacia un modo de “interrumpir” el “funcionamiento” del mundo, puede verse en obras como La traición de las imágenes (1929), en donde desplaza al objeto dibujado de su representación semántica. “¿Quién podría fumar la pipa de mi cuadro? Nadie. Entonces, no es una pipa”, dice Magritte. El artista tiene su propio diccionario: un vocabulario plástico que promueve la reflexión filosófica. Podríamos establecer un principio de equivalencia entre las palabras y las imágenes. La obra de Magritte nos pone ante problemas filosóficos claves: ¿cuál es el vínculo entre realidad y representación? ¿entre verdad y apariencia? ¿entre la certeza y el sinsentido? Se interroga sobre la capacidad del arte de “restituír” lo real, de problematizarlo, de interrogarlo…

Principio de incertidumbre, 1944
Intento de lo imposible,1928

 

En una obra como “Principio de incertidumbre” la sombra de una mujer se convierte en pájaro. No podemos hablar con certeza de la sombra, y la obra nos pone ante el abismo de lo real y su representación. Por sus parte, “Intento de lo imposible”, representa a un pintor terminando de dibujar el cuerpo de una mujer a la que todavía le falta un brazo. Expresa de este modo, el “extrañamiento” frente a lo que creemos o suponemos que es la realidad, pareciendo retomar la antigua Alegoría de la caverna de Platón. Los símbolos que se ven en “La bella cautiva” (1950) o “El descubrimiento del fuego” (1934) o “La condición humana” (1935) continúan también en esa línea. El fuego, la cueva, las luces, el desdoblamiento de lo real y su “copia”, remiten a la simbología platónica.

La bella cautiva, 1950
El descubrimiento del fuego, 1934
La condición humana 1935

 

La reflexión sobre la relación ilusión/verdad también será simbolizada a través de las cortinas y telones que aparecen en sus cuadros como recursos ligados a la fragmentación de la imagen y al juego óptico.

Decalcomania, 1966
Decalcomania, 1966
Las memorias de un santo, 1960

 

Pensar – parece decirnos Magritte en su obra – no es ajustarse a los esquemas del pensamiento lógico ni al modo lineal de discurrir de la razón – o al menos no sólamente. Es preciso “poner a pensar la mirada”, una ruptura subversiva con la dominación de lo inmediato y superficial que impone nuestra cultura mediatizada. El arte cumple así, el sueño romántico: la compenetración de la sensación y el concepto, de la imaginación y el intelecto (como en Schiller, Heidegger y Marcusse). En Magritte, “lo oculto no es invisible, es visibilidad suspendida”.

Los amantes II, 1928
Las afinidades electivas, 1932

 

No podemos dejar de mencionar que el artista belga buscaba un encuentro con la filosofía —deseaba una “nueva retórica” y se empapó de la obra de quien sería su gran amigo, Michel Foucault, para lanzarse al complejo juego de miradas, ocultamientos y apariciones de toda representación artística—. El cuadro Las afinidades electivas (1932), que muestra un huevo encerrado en una jaula, fue el punto de inflexión que marcó toda su producción posterior.

La obra de René Magritte hunde raíces en el movimiento surrealista. Por eso podemos concluir junto al Paul Eluard, poeta que invita siempre a mirar con otros ojos, que “El mundo es azul, como una naranja”.

 

Verónica Parselis

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