Tercer discurso.
La ley humana y la ley divina
Traducción Ezequiel Jorge Carranza
Creonte: Dime rápida y concisamente, sin darme vueltas,
¿era algo desconocido para ti la proclama que prohíbe
esto?
Antígona: Algo conocido, ¿por qué no? De hecho fue
anunciada.
Creonte: ¿Y sin embargo te atreviste a actuar en contra de
mi mandato?
Antígona: Pero no fue Zeus quien me ha anunciado esto.
Tampoco tiene derecho a proclamar a los hombres una
prohibición así quien vive junto a los dioses de la muerte.
Ni considero tan poderoso aquello que nos ordenas para
que la eterna ley no escrita de los dioses tenga que hacer
reverencias ante ti, un mortal.
(Sófocles, Antígona).
¡Trabajadores alemanes!
He dudado mucho, trabajadores alemanes, si debo sostener esta exposición acerca de la ley divina y la ley humana ante vosotros, o no hacerlo. Esto ha resonado en mis oídos: solamente un loco le ofrece en mano fuego a los niños. He de repetirlo, trabajadores alemanes: lo he dudado por mucho, mucho tiempo.
Pero finalmente he decidido presentaros esta exposición de una forma similar a cómo Lassalle os ofreció de la forma más sencilla los resultados de su tan profunda investigación histórica en su Programa de los trabajadores, exponiendo ante vosotros los más arduos resultados de la filosofía.
La decisión recayó en que me haya dicho: como soldado te has detenido por un largo tiempo en el corazón del bajo pueblo alemán, y allí has observado una potente plenitud de fidelidad y de bondad, de sensatez y de mesura, y por eso no estás depositando un tizón en las manos de un niño, sino estás sumergiendo al saludable espíritu de los trabajadores alemanes en un baño de luz fortificante.
Mostrad con honor esa fuerte confianza, trabajadores alemanes.
Cuando comencéis a desarrollar la agitación que durante mi segundo discurso cálidamente os he depositado en el corazón, en relación con sus resultados ésta os dará tanto trabajo práctico que no solamente vosotros, sino también vuestros hijos y nietos habrán de dedicarse por completo a su cumplimiento. Aún si es muy probable que de esa forma logremos obtener un desarrollo pacífico de las relaciones sociales en Alemania, y que esto quiera decir: con alcance para toda Europa, de todos modos uno debe considerar posible un desarrollo más violento, o al menos distinto, del estado de cosas; y porque si esa posibilidad se manifiesta, fácilmente puede nacer en vuestros pechos un conflicto entre el amor a la patria y el amor al prójimo, es necesario entonces que contéis con una firme norma con la cual regular vuestra conducta.
Os quiero dar esa norma por medio de la crucial diferenciación entre la ley divina y la ley humana.
En el bello discurso de homenaje sostenido por el noble amigo del pueblo Virchow frente a la tumba del inolvidable hombre del pueblo, del barón Hoverbeck (¡un auténtico barón, trabajadores alemanes!), dijo el orador pleno en su espíritu:
Vincke, el barón de Westfalia, fue un hombre de derecho, es decir, del derecho dado; nuestro amigo fue un hombre de la libertad, es decir, del derecho venidero. Sabía que buena parte del derecho dado es injusto, y no dudó ni por un instante en rechazar la clase de este derecho injusto a fin de generar un nuevo y mejor derecho.
Estas palabras portan por completo el sello de la verdad y las queremos adoptar como punto de partida. El propósito de mi discurso solamente puede ser uno: hacer transparente estas claras palabras por medio de la filosofía. Si bien ellas son claras, su núcleo está oculto.
Trabajadores alemanes, podéis arrojar vuestra mirada hacia la naturaleza, da igual hacia a dónde, y siempre encontraréis individuos, seres particulares. En el reino inorgánico ningún químico ha conseguido aún convertir el oro en plata o el hierro en cobre; y en el reino orgánico podéis encontrar plantas, animales, hombres: siempre os relacionáis con individuos, es decir, con seres particulares que se sustentan firmemente en un determinado fundamento de vida.
Pero podéis arrojar vuestra mirada hacia la naturaleza, da igual hacia a dónde, y siempre encontraréis que esos seres individuales no son autónomos, sino que se hallan en una interrelación. No podemos existir sin aire, luz, plantas y animales; los animales no pueden hacerlo sin aire, luz, plantas, y en parte sin otros animales más débiles; las plantas no pueden hacerlo sin aire, luz y tierra; y toda sustancia química actúa incesantemente mientras que al mismo tiempo experimenta el efecto de todas las otras sustancias: el mundo es una firme totalidad de seres individuales.
Finalmente, no podéis arrojar mirada alguna hacia la naturaleza sin encontrar que tanto todo ser individual como la totalidad deben ser comprendidos en un movimiento sostenido, continuo e incesante. Es igual hacia donde miréis, allí vuestra mirada encontrará el flujo del devenir.
Por eso también un hombre rico de espíritu dijo alguna vez que en el mundo sólo es permanente el cambio, y nada más.
Retened esto.
Ahora, por supuesto, solamente hemos de ocuparnos de la humanidad.
Lo primero que debemos decir acerca de la humanidad es:
1) que es la suma de todos los hombres individuales.
2) que fluye constantemente. No existe ningún estado de quietud en ese flujo. Fluye continuamente.
Como ya he desarrollado en mi segundo discurso, el movimiento de la humanidad (cuando uno pasa por alto las formas corporativas, es decir los estados y asociaciones) surge del movimiento de todos los hombres. Destaco “de todos los hombres” porque no puede existir ninguna excepción. Tanto aquellos que se sitúan en la cúspide de los grandes estados como esos que se esconden detrás de los muros de un convento ejercen un determinado influjo sobre la marcha de la humanidad a través de su mera existencia.
Además os he detallado cómo se genera a grandes rasgos el movimiento de la humanidad a partir de la acción cooperativa o confrontativa de los estados poderosos, y finalmente caractericé a esa marcha en sí misma como una marcha necesaria, incesante y férrea hacia el reino del futuro, hacia el estado ideal.
¿Puede esta marcha ser moral, si bien es algo eminentemente bueno, es decir, que desemboca en un bien del mayor grado?
¡En modo alguno, trabajadores alemanes! ¿Qué genera esa marcha? Miraos a vosotros. Veis sabios y bufones, asesinos y justos, crueles y buenos, tiranos y filántropos, toscos y cultos, pródigos y cuidadosos, voluptuosos y santos, mentirosos y veraces; dicho en pocas palabras: buenos y malos. De la acción colaborativa o confrontativa de todos estos elementos disímiles surge una resultante, una diagonal. Precisamente porque se genera a partir de los anhelos tanto de los buenos como de los malos, esta diagonal es algo completamente carente de cualidades: no posee un carácter determinado, es un simple curso, como el curso de un río.
Por encima de este camino de la humanidad, que está manchado de sangre, cubierto de cadáveres, lleno de lágrimas, colmado de gritos y de rabia del combate, (que sin embargo también contiene hombres como Winkelried, Guillermo Tell, Huss y Lutero) se halla muy arriba en la bóveda celeste una recta franja dorada, o mejor dicho, un cordón de flores hecho de estrellas, y esa senda dorada, luminosa, brillante e inalterable cubre por completo la senda de abajo, sobre la tierra oscura. El transcurrir de la humanidad, su marcha, la resultante de todos los anhelos particulares, posee exactamente la misma dirección de aquella simple senda dorada: esta última es al mismo tiempo el modelo según el cual se orienta la senda sangrienta y espinosa de la humanidad.
Esa franja dorada, brillante, inalterable y recta situada en lo alto de la bóveda celeste es, trabajadores alemanes, la ley divina.
En la medida en que os puede interesar esta ley divina (un filósofo práctico, precisamente como hombre práctico, jamás puede deciros más que aquello que podéis comprender y captar en vuestra sangre y nunca debe ofreceros un alimento espiritual que no podéis digerir), entonces, en cuanto os puede interesar esta inalterable ley divina, consta de tres perlas que siempre se alinean siguiendo un cordón que embriaga la mirada de toda persona noble, ellas son: el amor a la patria, la justicia y el amor al prójimo.
Como os he dicho y explicado, el transcurrir de la humanidad, trabajadores alemanes, no porta ningún sello moral, pero aún mucho menos porta un sello moral la franja dorada ideal situada por encima de la senda de la humanidad, ya que es simplemente una ley, una ley inalterable. Es la norma para la moralidad, no la moralidad misma. La moralidad, las buenas costumbres, se trata de algo completamente distinto. ¿De qué se trata, entonces?
Ella es la concordancia de vuestra voluntad, de vuestra voluntad individual, de vuestra voluntad propia, con esa ley divina, la sintonía de vuestra voluntad con la voluntad divina que en esa ley se halla impresa de forma creadora.
Tomad estas palabras, trabajadores alemanes, con un alma sedienta; grabadlas a fuego en lo profundo de vuestros corazones, ya que vuestra dicha depende de ellas. Desde hace mucho tiempo atrás sois animales y estáis excluidos del paraíso, desde hace mucho tiempo atrás vuestra voluntad no coincide con la voluntad divina, y mientras más orientéis vuestra voluntad en la dirección de la voluntad divina, mientras más dejéis que vuestro corazón sea atravesado y empapado por el espíritu santo de esta ley divina, tanto más profundamente ha de penetrar en vosotros la dicha del paraíso, hasta que logréis alcanzar la total inmovilidad de la más profunda paz en el corazón.
Vuestra vida, como os he dicho, debe ser un servicio religioso constante; trabajadores alemanes, vuestra mirada siempre, siempre debe estar orientada hacia las estrellas de Dios: hacia el amor a la patria, hacia la justicia, hacia el amor al prójimo. Si vuestros ojos siempre, siempre se fijan en esas flores de Dios, si vosotros siempre, siempre colmáis de luz vuestro espíritu, entonces en vosotros ha de tornarse cada vez más fuerte la voluntad divina, entonces lograréis hallar el reposo para vuestras almas cansadas.
Es un momento festivo para mí, es el momento más bello en la vida del que se me hace partícipe, trabajadores alemanes, ahora en que se me permite alcanzaros el fruto de un pensar a lo largo de quince años en la luminosa soledad del desierto. ¡En una profunda dicha descansa mi alma!
También observáis aquí, trabajadores alemanes, que es una pura insensatez pretender sostener una moralidad sin la amenaza de un castigo y sin una promesa. El hombre puede hacer tan poco en contra de su ventaja como el agua que pretende fluir por sí misma cuesta arriba. El castigo de una auténtica moralidad filosófica es el desierto y el frío en el corazón humano, y su promesa es el Reino de los Cielos de la paz en el corazón, algo que Cristo ya había expresado con las siguientes palabras: “Ved, el Reino de los Cielos está en vosotros”. (Lucas 17, 21).
Quien por medio de una acción moral al menos una vez ha sentido dentro de sí ese Reino de los Cielos no se aparta ya nunca más de esa ley divina, que en todo atañe a la dicha auténtica. La dicha auténtica no atañe “al estómago y a las partes pudendas”, es decir, a la búsqueda del disfrute, o dicho de un modo más concreto aún, a la champaña, a las exquisiteces y a las mujeres. La auténtica dicha atañe a las flores estrelladas de Dios: al amor a la patria, a la justicia y al amor al prójimo, y la auténtica dicha es la paz en el alma.
Ahora nos ocuparemos de la legislación de los hombres, de la ley humana.
¿Qué es la legislación de los hombres, trabajadores alemanes? Definitivamente debemos prestar atención a la muy despectiva expresión del Salvador acerca de la legislación humana. La misma dice:
Pero en vano me sirven aquellos que enseñan esas doctrinas que no son más que mandatos de los hombres. (Mateo 15, 9).
Así bien podemos esperar solamente una respuesta muy pobre y escueta. Pero no debemos olvidar que Cristo era el más entusiasta predicador de la ley divina pura e inalterable, que por eso siempre llevaba en su pensamiento la ley divina, frente a la cual toda legislación humana, incluso la más santa y honorable, se ve como la luz de una vela ante la del sol. Si entonces queremos responder la pregunta de forma correcta, en forma provisoria debemos apartar por completo de la vista y del pensamiento esta inalterable ley divina.
¿Qué es la legislación de los hombres, o dicho de una forma más simple, qué es una ley?
A esta pregunta ya os la ha respondido Lassalle de un modo insuperable en su discurso sobre asuntos constitucionales. Una ley es la expresión de una relación de poder efectivamente constituida.
La más bella y maravillosa ley no sería otra cosa más que una sucesión de letras si el poder efectivo no le concediese a cada letra la fuerza de mil cañones. Si se retira ese poder detrás de la ley, es menos que una sombra, es nada.
Esta explicación es tan firmemente correcta que incluso aplica a la ley divina. La ley divina es una ley solamente porque las perlas de las que está compuesta están atravesadas por el aliento omnipotente e invencible de Dios. El aliento de Dios, el Espíritu Santo, la marcha del mundo, el férreo destino omnipotente hace que esa ley por fin sea una ley.
Es decir, trabajadores alemanes, toda legislación humana es la expresión de relaciones de poder efectivas; esto es algo que debéis retener.
Pero sabéis que la humanidad no es algo firme e inalterable, sino algo totalmente fluyente. La humanidad es parte del torrente que fluye incesantemente, es parte del devenir de toda la naturaleza, y sólo a partir de esta sentencia, sin tener ningún otro punto de sustento, se puede concluir que las relaciones de poder internas a la humanidad están subordinadas al cambio.
Pero si tomamos a la historia como elemento de ayuda, a la que un muy gran filósofo, en forma muy acertada, ha llamado la autoconciencia de la humanidad, hemos de encontrar confirmada hasta en lo más mínimo a esta verdad general. No solamente hemos de observar una gran cantidad de gente rica que ya ha desaparecido, que alguna vez fue muy poderosa y cuyas leyes parecieron tener vigencia por todo lo que duren nuestros tiempos, o dicho de una forma más coloquial, por toda la eternidad, sino también hemos de observar una continua modificación de las leyes, una incesante modelación del fundamento de todas las leyes, de las constituciones estatales.
¿Por qué? Porque las relaciones de poder dentro de un estado siempre se desplazan debido al cambio permanente. A veces el factor determinante del poder estaba en la corona, otras veces en la nobleza, otras veces en el clero, otras veces en la burguesía, otras veces en las clases bajas y otras veces en todo el pueblo.
Entonces en la superficie tenía toda la razón el señor Virchow cuando en el citado discurso acerca de Hoverbeck diferenció al derecho dado del derecho en formación, pero básicamente en la humanidad solamente tenemos derecho en formación, en oposición al derecho divino, que es el único inalterable.
Trabajadores alemanes, pretendo explicaros muy claramente el estado de situación con una imagen. Ciertamente todos vosotros habéis observado alguna vez en el recodo de un río, donde el agua junto a la costa fluye más lentamente y se encuentra más sucia que en el medio del curso, una estela de burbujas de un color blanco opaco. Esas burbujas son imágenes de este fluir. Pero de repente explota una de estas burbujas, y de repente surge allí mismo otra burbuja. Tanto el explotar como el surgir no ocurren de un modo primigeniamente repentino, si bien ese parece ser el caso: es más bien el último eslabón de toda una sucesión de causas, y os pido que advirtáis esto, ya que no se puede repetir suficientes veces que en la naturaleza, e incluso en la humanidad, es completamente imposible que se dé un desarrollo original. La única imagen correcta de la vida de toda la naturaleza es el fluir. Sólo de un modo totalmente arbitrario podemos separar en momentos ese fluir por medio del tiempo: es una continua fuente de surgencia, un incesante secuencia de una a otra cosa, un devenir sin descanso, sin pausa, sin importar cuán pequeña podamos figurarnos esa pausa.
Las relaciones de poder internas de un estado, que fluyen continuamente, proyectan leyes y las anulan de nuevo, exactamente del mismo modo; según las apariencias esto se da en un modo primigeniamente repentino, pero de acuerdo a su esencia, de en una forma completamente interna a la naturaleza del fluir, es decir, en forma paulatina. Entonces aquello que el señor Virchow designa como derecho dado ya porta en sí desde su propio surgir el germen de la muerte, e incluso cuando alguna forma del derecho dado se derrumba, su derrumbe es solamente el eslabón final de una gran cadena causal.
Pero como todo arroyo o río posee para cada momento dado un lecho determinado y una dirección determinada, cada parte de la humanidad posee también una forma estatal completamente determinada, y dicho de una forma muy general, una determinada dirección hacia la libertad.
Aquí nuevamente nos aproximamos a la ley divina.
Desde esta perspectiva el estado y la dirección del torrente de hombres contenidos en él pueden ser vistos como lo permanente en el cambio, o dicho con otras palabras: el estado y la orientación de su sociedad son el reflejo de la ley divina sobre la tierra.
Esto no puede ser de otro modo, ya que el camino de la humanidad, como ya os he dicho hasta el hartazgo, no se aparta ni por el ancho de un cabello de la senda dorada situada allá arriba en las estrellas, que cualquiera que posea una “visión libre” puede ver con claridad. El camino de la humanidad es la copia del modelo divino, y por eso un servicio religioso, un santo, brillante y exclusivo servicio religioso es lo mismo que una total entrega al estado. Aquel servicio religioso y esta total entrega se corresponden.
Debe atenerse al estado todo aquel que quiere cumplir con la ley divina, pues os lo repito: el estado es el reflejo de la ley divina, su imagen sobre la tierra, una forma invariable con la que la humanidad surge y desaparece.
Entonces, ¿a qué refiere el estado?
Trabajadores alemanes, retened exactamente mi respuesta. Así de sencilla como puede sonar es muy significativa debido a las consecuencias que se desprenden de ella.
El estado refiere al contrato social.
¿Quién ha celebrado ese contrato?
Los ciudadanos entre sí, y todo su contenido es: nos comprometemos a no asesinar, a no robar y a conservar el estado, gracias a ello concebimos el derecho de protección frente a los asesinatos, el robo y los abusos por parte de potencias extranjeras.
Hemos nacido con los derechos y obligaciones de este contrato, trabajadores alemanes. Además, estos derechos y obligaciones nacen y mueren con el contrato social, y por encima de todo, fijad esto con total precisión, sólo a propósito de un contrato poseen significación las palabras derecho y obligación. En la verdadera moral no existen derechos ni obligaciones, allí solamente existe la entrega a la ley divina, y la recompensa por ello es la paz en el corazón.
Las leyes contra el asesinato y el robo son leyes primigenias, pero no son las leyes por excelencia ni las leyes fundamentales. Estas dos leyes son solamente las leyes primigenias, y porque con ellas nace y muere el estado, son entonces las únicas dos leyes que se consideran santas. La ley divina las santifica, al igual que al mismísimo estado.
No sería pensable el estado sin la vida de cada individuo legalmente garantizada. Pero tampoco lo sería sin la propiedad legalmente garantizada. Se puede discutir acerca de ła forma de la propiedad, pero nunca acerca de la propiedad; ya que no se puede concebir nada en el mundo que no sea actividad corpórea, tal como son los hombres mismos, como es el sol, la tierra y el aire. Imaginemos que hoy surge el comunismo absoluto, es decir, la completa concentración de toda la propiedad en manos del estado, al igual que antes, la ley contra el robo tendría plena vigencia, ya que sólo por medio de esta ley permanecería protegida la propiedad en manos del estado.
Entonces es invariable, por un lado, la ley divina, y por otro, el estado, sus leyes primigenias y el desarrollo de la humanidad.
Pero aquello que siempre cambia, que por lo tanto no es nada divino, y que lleva sobre su frente la marca de lo pasajero, son las gotas de este torrente de hombres, los individuos particulares, y las burbujas de este torrente, las leyes.
Trabajadores alemanes, prestad mucha atención a lo que os digo: sobre la tierra solamente son santos el estado, sus leyes primigenias y la dirección del espíritu del pueblo, pero no son santas ni la ley humana ni su ley fundamental, es decir, la constitución estatal.
Pero entonces, ¿qué propiedades tienen las leyes y constituciones? Tienen una propiedad muy sólida, una propiedad que a vosotros puede arrancaros piernas y brazos y desprenderos vuestras cabezas; tienen la fuerza de las relaciones de poder efectivamente presentes en el estado.
Observad, trabajadores alemanes, así el asunto queda claro de una vez. Santa es la ley divina y su reflejo sobre la tierra: el estado, sus leyes primigenias y la dirección del espíritu del pueblo, ya que además del poder poseen el carácter imperecedero y la necesidad natural; por otra parte, las leyes y las leyes fundamentales del estado no son santas, sino solamente poderosas. Uno puede adentrarse en ellas, uno puede tomar parte en la lucha con ellas, uno puede intentar modelarlas. Trabajadores alemanes, para hacer eso no debemos pedirle permiso a nadie. El permiso para modelarlas es precisamente un mandato, ya que en su más profundo fundamento efectuar esto en el estado atañe a la ley divina que habita en el pecho de los hombres.
La ley divina se sitúa por encima de todas las leyes, o como tan bellamente dijo la majestuosa Antígona del poeta griego Sófocles:
Ni considero tan poderoso aquello que nos ordenas para
que la eterna ley no escrita de los dioses tenga que hacer
reverencias ante ti, un mortal.
Ahora la cuestión es: qué modelación de la ley, en referencia a los seres individuales, es moral, es decir, santa; y qué modelación es inmoral, es decir, profana.
La respuesta es muy simple. Toda modelación que se corresponde con la ley divina es santa, y por otro lado, toda modelación que contradice a la ley divina es profana.
¿Debo deciros en verdad, trabajadores alemanes, qué se corresponde con la ley divina? En su aplicación en la sociedad comprendida por el estado la ley divina dice:
Ama a tu prójimo como a ti mismo.
Además, es moral toda acción que tenga la intención de introducir en el estado un cierto orden de cosas que dé a cada ciudadano lo suyo y que le otorgue el mismo derecho que a cualquier otro de acceder a la suma de los tesoros de la cultura acumulados por el estado. Por otra parte, es inmoral, es profana toda acción que tenga la intención de perjudicar, de dañar, de desheredar a los ciudadanos del estado en beneficio de otros.
De ello podéis deducir con facilidad que son santos vuestros principios, cuya expresión es la sentencia del Redentor: ama a tu prójimo como a ti mismo, y que vuestros anhelos son morales en sumo grado. Vosotros no queréis que uno de vosotros tenga más derechos que los otros; vosotros no queréis que uno disfrute de un banquete y que a otro se le niegue y pase hambre; vosotros no queréis poner vuestras rodillas sobre el pecho de vuestro prójimo, estrangularlo, torturarlo, golpearlo y explotarlo; ¿no es cierto que no queréis todo esto? Observad, puesto que no queréis esto, y que por el contrario queréis la mayor justicia para todos, vuestra voluntad está entonces en completa concordancia con la voluntad divina, y por eso debéis triunfar, vais a triunfar.
Pero de nuevo podeis observar de todo ello que el asesinato y el robo no son simples lesiones del contrato, no son simples acciones ilegales, sino también acciones inmorales en sumo grado; ya que cuando asesináis, priváis a un prójimo de lo suyo, y que cuando robáis, hacéis esto mismo. La propiedad privada, o dicho de forma más precisa: la categoría jurídica de propiedad no es una institución divina, sino una legislación humana, y por lo tanto puede ser atacada y combatida; pero la propiedad privada, mientras rige, no debe ser lesionada por ningún individuo. Entonces, trabajadores alemanes, vosotros jamás robaréis ni asesinaréis, no robaréis, incluso si estáis muriendo de hambre: esto os honra jovialmente.
Sigamos adelante. Os pido, trabajadores alemanes, que estéis muy atentos. ¿Qué es una revolución, una verdadera revolución?
Dejemos que Lassalle hable nuevamente por mí:
Uno nunca puede hacer una revolución, siempre uno sólo puede darle el debido reconocimiento exterior y un consecuente encarrilamiento a una revolución que ya se ha introducido en las relaciones de hecho de una sociedad. (Programa de los trabajadores, 15).
Es como con las burbujas en el agua de las que os he hablado anteriormente. No surgen ni revientan de forma repentinamente primigenia, sino más bien su surgir y su reventar son los eslabones finales de toda una cadena de causas y efectos. Cuando las relaciones de poder dentro de un estado se han desplazado de modo que la vieja forma resulta muy estrecha, se rompe esa forma y surge una nueva. Esa ruptura puede desarrollarse de forma muy inofensiva, se puede realizar precisamente en un modo tan libre de ruidos como la reducción a cenizas de un cadáver que se había conservado, que después de cientos de años ha entrado en contacto con el aire fresco, o puede ocurrir bajo rayos y truenos. Lassalle expresó esta misma idea con las siguientes palabras brillantes:
Una revolución o bien habrá de ocurrir en una completa legalidad, con todos los beneficios de la paz, o habrá de desatarse entre todas las convulsiones de la violencia, con un salvaje cabello suelto, con sandalias de bronce en las plantas de los pies. (El impuesto indirecto, 131).
A partir de ello se pueden extraer dos verdades: en primer lugar, que los rayos y truenos no son parte de la esencia de una revolución; en segundo lugar, que solamente puede tener éxito aquella revolución que atañen a una superioridad efectivamente real.
Observad eso, trabajadores alemanes, en el caso de hombres inconscientes que pretenden tentaros a dar un golpe de estado. Una revolución jamás puede ser hecha.
Demos nuevamente un pequeño paso hacia adelante.
¿Una revolución es inmoral o moral?
La respuesta es: no es moral ni inmoral, ya que pertenece al desarrollo de la humanidad, para el que no aplica ningún otro predicado más que el de la necesidad.
Ajustándonos a la expresión, sólo el hombre individual en una revolución puede actuar moral o inmoralmente frente a la ley divina.
Figuráos un ciudadano en los tiempos de la gran Revolución Francesa. Esa revolución atañó a la ley divina, ya que tenía en vistas el reconocimiento legal del tercer estado, algo que en esa época significaba tanto como la libertad para todos. Entonces nuestro ciudadano totalmente independiente habría luchado en contra de la revolución. ¿Cómo habría actuado? En forma inmoral, ya que se habría posicionado en modo inamistoso frente a la ley divina. Ahora hemos de figurarnos que se habría sumado al gran movimiento y habría acelerado su desarrollo con el entusiasmo más lleno de ardor. ¿Cómo habría actuado? En forma moral en sumo grado, ya que su voluntad personal habría coincidido con la voluntad divina.
¿Habría asesinado si hubiese matado a un hombre en esa lucha? En modo alguno, ya que solamente estaría defendiendo la ley divina frente a aquellos que la habrían infringido. No habría asesinado tal como no han asesinado los soldados franceses y alemanes en la guerra de 1870, ya que, al igual que aquellos, habría luchado por su estado, que es algo santo, puesto que es el reflejo de la ley divina.
Por otra parte, si el ciudadano que nos hemos figurado hubiese usado los disturbios de la revolución para borrar del mundo a un enemigo por odio y venganza, habría asesinado, ya que habría actuado en contra de la ley divina que exige un absoluto amor al prójimo, es decir, también el amor a los enemigos.
Esas finas diferencias morales que afirman la razón de los hombres encuentran su eco en el sentimiento humano. Por ejemplo, si mato a un hombre dentro del estado, de inmediato los arranques de furia despedazan mi corazón, aún sabiendo con total certeza que no voy a ser descubierto. Por otra parte, si en la guerra mato a un hombre, mi conciencia permanece totalmente tranquila.
Cristo sabía con total exactitud que su doctrina habría de enfrentar hombres con hombres, y que habrían de correr torrentes de sangre humana. Dijo:
He venido a encender el fuego en la tierra,
¿pensáis que he venido a traer la paz a la tierra?
Digo que no, sino la discordia. (Lucas 12, 49-51).
Poseía tal mansedumbre que le resultaba imposible tocarle un pelo a un hombre. Además sabía que si se mantenía en silencio, no habría de derramarse ninguna gota de sangre humana por su causa; pero aún así anunció la ley divina. ¿Acaso creéis, trabajadores alemanes, que su conciencia se vio apesadumbrada aunque sea por una de las gotas de sangre que su espíritu lleno de congoja vio en el futuro? ¡Por ninguna!
Arnaldo de Brescia, Savonarola, Wycliffe, Huss, Lutero, Zwingli, Calvino, todos estos hombres sabían que la manzana de la discordia que arrojaron a los hombres conduciría a la guerra más sangrienta. Sí, los gemidos y llantos de los heridos y de los agonizantes taladraban los oídos de la mayoría de ellos y desgarraban el corazón. Pero, ¿acaso creéis que sus conciencias se sintieron apesadumbradas? De ninguna manera fue ese el caso, ya que actuaron en coincidencia con la ley divina.
Montesquieu, Rousseau, Helvecio, Holbach, Danton, Robespierre, los girondinos, todos ellos sabían que espantosamente mucha sangre habría de derramarse, cuando anunciaran la verdad. ¿Han dudado en pronunciar palabras de redención? ¡No! Ellos han expresado el sentimiento que el poderoso aliento divino ha producido en sus pechos. ¿Creéis que Robespierre, de naturaleza tierna y mansa, emitió las sentencias a muerte con un corazón sin pesares? Es un hecho histórico que se trataba de una persona misericordiosa y llena de amor al prójimo, y aún así emitió esas sentencias. Creedme: su corazón sentía que se iba a romper, pero nada resonaba en su conciencia. Solamente la sangre que es derramada por algunos que se encuentran en oposición a la ley divina clama por Dios y halla resonancia en forma de tortuosos y salvajes cargos de conciencia.
A partir de todas estas investigaciones tenemos aquí la norma para tender el hilo conductor que haya de regular vuestro comportamiento en cualquier lucha en el futuro.
En mi segundo discurso os he explicado que durante un período histórico cuya duración aún no puede ser determinada Alemania está llamada a ser quien se sitúe en la cúspide de la familia de los estados europeos. Basándome en estos hechos, además, os he explicado que los franceses no habrán de brindaros la solución del problema social, sino más bien vosotros a los franceses. También os he señalado el camino por el cual lograréis alcanzar esta meta de la mano de una agitación práctica. Finalmente a la consecución de esta meta, es decir, de esta tan significativa revolución, le he dado la caracterización de “pacífica” basándome en mil motivos.
Entonces si durante esta agitación Alemania nuevamente emprendiese una guerra contra Francia, es decir, si debiese pelear una nueva guerra de religión, vuestra posición resultaría clara por sí misma. Debéis arder en entusiasmo moral y debéis marchar a esa guerra santa con una fuerza multiplicada por diez, ya que se trata de la aniquilación de mentiras pastorales y engaños pastorales, de la incineración de una terrible úlcera cancerosa en el cuerpo de los pueblos.
Pero ahora he de suponer un caso que es extraordinariamente improbable, pero aún así pasible de ocurrir. Ocurre el caso que en Francia, a pesar de todo, se logra dar una solución a la cuestión social, y que el pueblo francés marcha a la guerra contra Alemania con esta solución como bandera.
¿Cómo debéis actuar en ese caso? ¿Debéis cambiar de bandera o permanecer leales al imperio?
Sólo es posible una respuesta: bajo cualquier circunstancia debéis permanecer leales al imperio, puesto que la patria nunca, nunca debe ser traicionada, pues ello habría de contradecir a la ley divina que exige el amor a la patria, y al mismo tiempo implicaría la ruptura de un contrato.
Pero podéis contrariaros: en este caso la ley divina entraría en contradicción consigo misma: exige por un lado el amor a la patria, y por otro, justicia y amor al prójimo. Yo me vería arrastrado hacia la patria alemana por una virtud, y hacia los franceses por otra, y la justicia es una virtud mayor que el patriotismo.
Sin embargo, esta contradicción es solamente algo aparente.
Quien ha jurado lealtad a la ley divina debe atenerse a su reflejo terrenal, al estado. La entrega al estado y la entrega a la ley divina se corresponden. Y sentid seguridad, ya que éste es el caso, e incluso no podría verse superado por la mayor virtud.
Os recuerdo que la marcha de la humanidad se genera a partir de los anhelos de todos los hombres individuales, y que es por completo necesaria, es decir, es totalmente coincidente con la franja dorada inmutable que se halla en el cielo.
¿Tendríais que marchar contra Francia, vosotros, socialdemócratas alemanes contra una Francia que en la supuesta guerra estaría representando los intereses de los socialdemócratas de todos los países, cómo se resolvería esto en vuestros corazones? Estaríais tristes y abatidos. ¿Y cómo se resolvería esto en los corazones de los franceses? Arderían, estarían pitando, se acelerarían; la llamarada del entusiasmo emanaría de todos sus poros, dicho en pocas palabras, su fuerza se vería multiplicada por diez, mientras que la vuestra se vería reducida a la mitad por la tristeza y el abatimiento. ¿Podría ser posible una buena resolución para Alemania? Totalmente no.
Observad, trabajadores alemanes: así vuestra causa no habría de triunfar, aún cuando no hubieseis negado la ley divina ni hubieseis roto el pacto con el estado.
En una forma similar debiera darse el comportamiento de aquellos de vosotros que sean soldados si se desata una revolución social que podamos tomarla por imposible. ¿Podrían no obedecer las órdenes de disparar contra vosotros, vuestros padres, hermanos y amigos? Deben disparar. ¿Por qué? En primer lugar, porque el amor a los padres, a los hijos, a los hermanos, en sí no pertenecen a la ley divina, solamente pertenecen a ella en la medida en que simplemente están contenidos en el amor al prójimo. Entonces ellos han de ser sencillamente custodios del estado, a los que ya desde el nacimiento, por su simple aparición, se los obliga a ello, y luego, con el ingreso al ejército, a jurar fidelidad incondicional. Si rompiesen el pacto los protectores del pacto estatal, serían señalados doblemente como criminales y traidores, una marca de escándalo que nunca desaparecerá de sus frentes. Pero, este es el punto álgido de la cuestión, ellos estarían serenos, pues, ¿cómo podrían sentir entusiasmo? El entusiasmo no puede ser comandado por ningún rey ni emperador; este sólo puede ser generado por un propósito elevado, que necesariamente debe estar arraigado en la ley divina, eso que ante todo un auténtico hombre del estado debe respetar y que jamás debe perder de vista. La verdadera política sigue la invariable dirección del desarrollo de la humanidad, o dicho con otras palabras, la verdadera política es la política de los pueblos. Y porque vuestros camaradas usando los faldones del imperio se hallarían serenos, por eso habríais de vencer con vuestro entusiasmo, naturalmente siendo un requisito previo que vosotros de hecho constituyáis una mayoría, ya que el éxito de una revolución posee la misma significación que la manifestación en la superficie de aquello mismo que ya se halla en la profundidad.
Entonces, comprendida en forma general, la norma invariable, el hilo conductor inamovible para vuestra forma de actuar dice:
En todas las acciones del estado debe ser verificable hacia el exterior un inmaculado cumplimiento de las obligaciones, una inmaculada lealtad al pacto.
Hacia el interior del estado debe ejercerse la más brillante entrega a la ley divina, a fin de que halle su realización completa en la sociedad. Quien arme fila detrás de esta bandera, debe ser inmaculadamente leal al pacto. Quien no arme fila detrás de esta bandera, debe situar a la ley divina por encima de la humana, y no debe asustarse ante ningún conflicto que pueda generarse a partir de ello. “Debes obedecer más a Dios que a los hombres.”
Asimismo hago notar nuevamente que las leyes en contra del asesinato y del robo son leyes primigenias, que en cuanto que son afluentes de la necesidad natural son santas en la misma medida en que lo es la mismísima ley divina.
Ojalá pueda grabarse profundo en vuestras almas todo aquello que os dije.
Aún debo expresar aquí mi posición frente a vuestro partido, tal como he prometido al principio de este discurso.
Ante todo repito que os he hablado como un hombre libre e independiente: habréis de reconocerlo y sentirlo, ya que si hubiese querido algo de vosotros, o si estuviese al servicio de otros, os habría acariciado las barbas y me habría evitado hurgar sin miramientos en vuestras heridas.
Mi posición principal frente a vosotros resulta de lo siguiente:
Ya tengo todo aquello que el movimiento social en último término habrá de brindar a los hombres. Del mundo ya no pretendo nada más.
Estoy liberado de personas y de asuntos.
No acepto honores de los hombres.
La ambición de honores y la búsqueda de gloria se hallan extintas en mí: no me puede mover ningún motivo que mueva a los corazones humanos.
Solamente una cosa pretendía aún: la conciencia de haber servido al pueblo. Me la he ganado.
Jamás podré pertenecer a vuestro partido, ya que para mí la cuestión social no es un asunto de clases, sino uno de formación que abarca a toda la humanidad. Por eso no puedo pertenecer a ningún partido: me encuentro por encima de los partidos.
Pero en la medida en que vuestra causa pertenece a la causa de la humanidad, os pertenezco por completo, si bien no puedo ser un miembro de vuestro partido.
Soy vuestro Guillermo Tell, que tampoco fue un hombre de partidos y que recorrió un camino en solitario.
Trabajadores alemanes, no tendréis ningún amigo más fiel que un servidor.
