DILEMA. Exposición de Laura Viñas

Dilema: el paisaje como indagación

Por Verónica Parselis

Siguiendo una intuición próxima a la de George Steiner, podría decirse que en la obra de Laura Viñas el paisaje no comparece como tema sino como pensamiento. No es aquello que se mira, sino aquello desde lo cual se interroga el mundo. Dilema se inscribe en esa zona donde el arte deja de reproducir la realidad para convertirse en una práctica de conocimiento, y donde la línea del horizonte opera menos como un elemento del paisaje que como una meditación sobre el tiempo.

Al recorrer las obras reunidas en la exposición resulta evidente que el paisaje no aparece como una representación de la naturaleza ni como un registro de lugares. Más bien se presenta como una herramienta de indagación, como un método para comprender aquello que se escapa: el tiempo, la memoria, la duración, la experiencia sensible. En este sentido, la lectura que propone Carolina Cuervo resulta reveladora cuando señala que los trabajos de Viñas pueden entenderse como “pasos de una investigación heurística”, parte de una metodología que concibe al arte como “una ciencia del entendimiento y de la invención”.

El punto de partida de esa investigación es una figura aparentemente simple, el horizonte. Cuervo recuerda que tanto la biografía como el horizonte se representan como una línea. La primera dibuja la trayectoria de una vida; la segunda organiza nuestra percepción del mundo. Pero en la obra de Viñas el horizonte deja de ser una referencia estable para transformarse en una pregunta. Es una presencia persistente que acompaña a la artista a lo largo de más de dos décadas de trabajo y que, lejos de ofrecer respuestas, vuelve visible un dilema fundamental: el del tiempo.

En las obras de Viñas, el horizonte deja de ser una referencia espacial para convertirse en una figura del deseo. Como en Barthes, no se trata del objeto que se alcanza sino de aquello que mantiene viva la dirección de la búsqueda. Su potencia reside precisamente en su retirada: cuanto más se lo persigue, más se desplaza. El horizonte aparece entonces como una promesa sin cumplimiento, una presencia lejana que sostiene el movimiento de la mirada y vuelve visible la dimensión temporal de toda experiencia. Como escribe Cuervo en el texto de sala, se trata de una figura “capaz de condensar un dilema originario: el dilema del tiempo”. La línea está allí, pero nunca es del todo accesible.
En Dilema, el horizonte adquiere una condición casi borgeana. No funciona como un límite del mundo sino como una de esas figuras que remiten a lo infinito. La contemplación de estas obras suscita un vértigo horizontal, es decir, la conciencia de una distancia que se despliega sin cesar y que no conduce a una salida sino a una profundización de la experiencia misma del tiempo. El horizonte no está allí para ser alcanzado, sino para mantener abierta la interrogación.

Las acuarelas, los videos, las fotografías y el sonido participan de esa experiencia. Cada medio introduce una temporalidad diferente. La inmediatez de la imagen fotográfica convive con la lentitud paciente de las capas de acuarela. El movimiento continuo del video se enfrenta al tiempo detenido de la observación. En todos los casos, los procedimientos parecen orientados a la misma pregunta: ¿Cómo representar aquello que está siempre más allá de nosotros?

La respuesta nunca es literal. El horizonte se vuelve sombra, vibración, atmósfera. Como señala Cuervo, “la línea de horizonte se ablanda, se funde, se abstrae; se convierte en sombra y en presencia. Una presencia hecha de ausencias”. La frase resulta especialmente significativa porque permite comprender que estas obras no buscan capturar un paisaje sino construir las condiciones para percibirlo de otra manera.

En este punto aparece otro aspecto central del trabajo de Viñas, esto es, la constante dialéctica entre adentro y afuera. El paisaje suele entenderse como aquello que está fuera de nosotros, como una realidad exterior que observamos a distancia. Sin embargo, en Dilema esa separación se vuelve inestable. El horizonte pertenece al mundo, pero también a la experiencia subjetiva. Está afuera y adentro al mismo tiempo. Es un fenómeno físico y una construcción mental.

La propia artista parece sugerirlo cuando incorpora diarios de viaje como origen de muchos de sus proyectos. El paisaje exterior se transforma en registro interior; la observación del entorno se convierte en escritura biográfica. Por eso resulta tan potente la cita que cierra el texto de sala: “El paisaje como espejo. En todo lo malo y todo lo bueno.”

Lejos de ser un escenario neutral, el paisaje aparece aquí como una superficie de proyección. Lo que vemos en él habla también de nosotros. Cada horizonte observado es, de alguna forma, un autorretrato.

Esta tensión entre exterioridad e interioridad se intensifica con la presencia del sonido. Cuervo describe al cuerpo como una “caja de resonancia” que recibe y amplifica la experiencia. El paisaje ya no es únicamente algo que se contempla; es algo que se escucha, se atraviesa y se encarna. La percepción deja de ser exclusivamente visual para convertirse en una experiencia integral.

Tal vez uno de los aspectos más conmovedores de Dilema sea que las obras parecen reclamar una disposición cercana a aquello que Simone Weil entendía por atención, una forma de espera activa, despojada de voluntad de dominio, capaz de demorarse ante lo que se presenta sin apresurarse a poseerlo. El horizonte, siempre distante y siempre presente, exige precisamente esa calidad de la mirada. No se ofrece como una meta que deba alcanzarse, sino como un ejercicio de atención sostenida. En la obra de Laura Viñas, contemplar el paisaje significa aprender a habitar la distancia, permanecer abiertos a aquello que se revela lentamente y que nunca termina de mostrarse por completo.
Quizás la verdadera materia de estas obras no sea el paisaje sino la atención. Una atención sostenida sobre aquello que se sustrae a toda captura definitiva, como el paso del tiempo, el espesor de la experiencia, la persistencia de la memoria. El horizonte deja entonces de funcionar como un límite y se transforma en el lugar donde la mirada aprende a convivir con lo inalcanzable.

Quizás sea allí donde reside la fuerza más perdurable de estas obras: en hacer del horizonte no una promesa de llegada, sino una experiencia de apertura. En ese movimiento incesante, donde toda distancia convoca y toda proximidad se desvanece, el paisaje deja de ser un escenario para convertirse en un modo de atención. Una práctica sensible que nos recuerda que habitar el mundo no consiste en poseerlo ni comprenderlo del todo, sino en permanecer disponibles ante su inagotable misterio.

DILEMA. Laura Viñas.

Curaduría de Carolina Cuervo

 

PABELLÓN DE LAS BELLAS ARTES

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Directora: Verónica Parselis

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