SOBRE LAS RELACIONES DEL HOMBRE CON LA NATURALEZA Y SU PODER

Pbro. Guillermo Alas (1930-2018)

In memoriam

Tres serán los puntos de partida de mis reflexiones: una frase de Francis Bacon, un suceso anecdótico de la vida de Newton, y los puntos 10 a 12 de la encíclica del papa Francisco sobre el cuidado de nuestro mundo.

Bacon, en 1620, queriendo establecer un instrumento de investigación más eficaz que la lógica de la escolástica, tuvo en claro un cambio de actitud del hombre de su época respecto de la naturaleza. Dijo: “A la naturaleza no se la vence si no se la obedece”. La declaró adversaria, y la mayor parte de los hombres de su tiempo aceptaban implícitamente esta aserción.

Unos cincuenta años después, Newton adosa a un carruaje dos recipientes cilíndricos llenos de pólvora y abiertos por detrás, y al hacer arder la pólvora logra que el vehículo se desplace a unos setenta kilómetros por hora. Obtiene así tres cosas: probar la tercera ley del movimiento, tener el primer motor de reacción, y recibir al otro día la visita del lord mayor de Londres, pidiéndole que no repitiese la experiencia. Había llenado de humo acre las calles del centro de la ciudad. Descubrió la contaminación.

En “Laudato si” el papa Francisco nos recuerda que san Francisco de Asís vivía en armonía con toda la creación, y señala una frase de san Buenaventura, “daba a todas las creaturas, por despreciables que pareciesen, el dulce nombre de hermanas”. Todo esto me lleva a preguntarme:

¿Qué antropología se supone detrás de cada una de estas fuentes?

¿Cuál es la relación con el mundo?

¿Hacia dónde marchamos hoy?

Los contemporáneos de Bacon se sintieron, en su mayoría, dueños del mundo. Europa era la que descubría los otros continentes, la que hacía ciencia, subordinaba las colonias, disponía los recursos. La naturaleza era suya. Se tomaba posesión en nombre de un rey europeo. Pero, ¿Qué es poseer? El europeo se guió por el derecho romano: “ius utendi et abutendi”, el derecho de usar y abusar. En esa antropología algunos países eran lo que actualmente llamamos “potencias”, dueñas del derecho de usar y abusar. Cada descubridor tomaba posesión “en nombre de” un monarca. Y lo veía como un objeto. La naturaleza era algo para vencer si se oponía a la voluntad del soberano, o para utilizar si la satisfacía. Los tres mayores juristas de la época (Vitoria, Grocio, Pufendorf) se ocuparon de diverso modo de la guerra, tomándola siempre como una realidad. Lo existente estaba constituido por objetos, que debían subordinarse a la voluntad del sujeto. Y este esquema no se realizó solo con las colonias de cada potencia, porque al producirse la revolución industrial los obreros de los países industrializados se encontraron en una situación tal que Federico Ozanam funda las conferencias de San Vicente de Paul y años después León XIII escribe en la Rerum Novarum que la materia sale de las fábricas ennoblecida, y los obreros embrutecidos.

La experiencia de Newton con su carruaje de propulsión a reacción tuvo, como dijimos, tres resultados. El tercer principio de su mecánica quedó confirmado, haciendo avanzar a la ciencia física. En segundo lugar, abrió el camino a los motores de combustión, aunque se demoraron en aparecer hasta la locomotora. Y tercero, alarmó al alcalde de Londres por el humo. Fue evidentemente un progreso, que declaraba sus propias limitaciones.

De modo similar, cada progreso técnico o científico tiene límites. La necesidad de renovar el mercado – sin ella se detiene la producción – hace que mi teléfono sea viejo porque tiene dos años. Es lo que Schumpeter llama la “creación destructiva”. Las cosas deben consumirse rápidamente, o quedar obsoletas, para que la rueda de la producción siga girando. En este sentido soy optimista: pienso que hay un creciente interés por el estudio de impacto ambiental y es cierto que las industrias avanzan hacia un mayor control de sus desechos, y los gobiernos empiezan a ser permeables a requerimientos de la ecología. Pero se ve en muchos – algunos de los cuales han tildado a la encíclica de enemiga de los mercados – el temor a que se frene la evolución de la economía o a que la técnica se estanque.

No pretendo resucitar las viejas discusiones del clérigo Malthus y su amigo el optimista Ricardo. Creo que hoy todo el mundo comprende que los recursos son limitados. Pero pienso que el llamado de la encíclica apunta a que cambiemos nuestra antropología, a que nos sintamos parte de la naturaleza y no sujetos dispuestos al mero disfrute. El título de la encíclica son palabras de lo que muchos llaman el cántico de las creaturas, que es en realidad una alabanza al Señor, reconociendo que todo lo creado depende del Padre. Nos encontramos, entonces, con una pertenencia a la naturaleza que nos pone más cerca de aquella observación del jefe Seattle al presidente norteamericano: “las flores perfumadas son nuestras hermanas, el venado, el caballo y el águila son nuestros hermanos”. ¿Qué es nuestra relación de hermanos? San Francisco no niega una jerarquía en esa relación. Habla de “messor le frate sole”, en su siglo de jerarquías no es un mero elogio. Pero todo está al servicio del hombre como instrumento de la paz dada por Dios. De aquí podemos deducir ciertas normas teóricas y prácticas: la primera, al ser hermanos de la creación, pertenecemos a la naturaleza; tenemos un origen común que nos debe mover al respeto por las personas y a la compasión (com-padecer, ser modificados con el otro), con animales y plantas y cosas inanimadas. Puede parecer demasiado romántico, pero la verdad es que nuestra acción sobre el mundo nos modifica. El libro sobre la dignidad del hombre de Pico de la Mirándola, que hace de él una especie de horizonte entre todo lo creado, en contacto inmediato con lo superior espiritual y lo inferior animal es un esclarecedor de lo que digo. Frente a los hermanos menores (animales, plantas, cosas inanimadas) el hombre es quien debe ennoblecerlas, – son de notar los adjetivos que san Francisco pone al fuego y al agua, que pertenecen al mundo humano-.

Como consecuencia inmediata, el hombre debe propender a la armonía de la naturaleza. El mundo es cosmos, y si algo se desordena, el resto tiende a recuperar el equilibrio perdido. El hombre quiebra esa armonía de diverso modo. El fundamental es la guerra, porque rompe la paz entre quienes deberían ser sus custodios. Por eso, el cántico finaliza alabando a los que trabajan por la paz. No negamos la lucha por la existencia, la realidad de los conflictos. La vida es tensión. Pero la historia del hombre es el continuo anhelo de la paz y la incesante concreción de las guerras. Pero esperamos que todos los hombres de buena voluntad (la encíclica cita como antecedente a la Pacem in terris) logren establecer la paz. Nada es más contra la ecología que la anónima guerra actual. La guerra justa murió.

Habrá que buscar un equilibrio en la economía mundial. He leído entre las objeciones a la encíclica que el papa pretende mercados controlados, con la indicación inmediata de que “en el este europeo han fracasado”. Lo que se desprende de la encíclica es una preocupación por los pobres, principales perjudicados por guerras, desplazamientos y riesgos de contaminación. Los mercados han realizado numerosas reuniones y conferencias, que han demostrado la debilidad de la Organización Mundial de Comercio. Tener un mercado internacional libre y respetuoso de normas claras no significa atraparlo en el articulado caprichoso de una ideología. Las posiciones de algunas naciones siguen reflejando el viejo esquema de metrópoli a colonia

¿Cuál es la relación con el mundo? En la época de san Francisco el dilema fue lujo o pobreza. En ese mundo artesanal todo favorecía los lazos religiosos. El consumo podía hacerse fastuoso pero se lo justificaba diciendo, por ejemplo, que un cardenal era un príncipe de la Iglesia y correspondía que reflejase el poder de Cristo. Hoy nos agrada que un cardenal viaje en el subte. Nuestro dilema debe ser despilfarro o uso racional. Es verdad que la motivación se ha hecho mucho más pragmática que religiosa. Cuidemos esto para que nos dure, parece ser el lema de algunos ecologistas. No creo que ese utilitarismo de segundo orden revierta la situación. Hay que volver a considerarnos parte de la naturaleza. “Tengo de común con las piedras el ser, con las plantas el vivir, con los animales el sentir, con los ángeles el entender.” Decía Nemesio de Emesa. Hay que unir a lo de Cicerón “Soy hombre, nada de lo humano lo creo ajeno” esto otro “Tengo una naturaleza, debo armonizar con lo natural”. Es por eso que la encíclica insiste en el punto 16 en que contaminar significa romper o alterar un ciclo natural y en que eso recae principalmente sobre los más vulnerables. Como se han dado cuenta, lo que hago es insistir en una antropología sintetizadora.

¿Hacia dónde marchamos hoy? No es mi propósito hacer futurología. Pero sí establecer algunas hipótesis que, si no me engaño, son plausibles. En primer lugar, el impulso acelerador que la técnica tiene hoy no se detendrá. Mi teléfono será una antigüedad dentro de un par de años, si no lo es ya. Cuando Oersted logra que una aguja magnética se mueva y descubre en 1820 el principio de los motores eléctricos, previó a lo lejos nuestra eléctrica y nuestra electrónica. Creo que todo el progreso se apoya en el mejor dominio de formas de energía cada vez más limpias. La reciente catástrofe del Japón en Fukusima muestra a qué me refiero. Debemos prepararnos para el cisne negro, decía un trabajo de especialistas en seguridad poco después. El desastre siempre es posible. Pero debemos responderle con previsión. Si las formas de energía crecen (y eso es muy bueno) también debe crecer nuestra conciencia de los riesgos y sus remedios. Allá por los años 50 del siglo veinte, el doctor Labriola decía en sus clases que ese inmenso capítulo muerto que eran las parafinas se iba a poner en marcha e iríamos hacia un mundo de plásticos. Todos sabemos que la petroquímica ha modificado el uso de metales y de vidrios. El reciclado debe ser la respuesta a su inalterabilidad. Para eso, insistamos en la educación. Lo mismo debe suceder con el cementerio de productos electrónicos.

La automatización y el constante cambio de tecnología y medios de producción nos obligarán a una dinámica de la ecología. Resuelto un problema surgirá otro. Los espectáculos modernos (sobre todo el deporte) obligarán a los políticos a repensar prioridades, lo que hará modificaciones en la cosmovisión de cada cultura. Piensen en las críticas a los gastos por el mundial de futbol en una nación como Brasil.

El verdadero paso decisivo sería la eliminación de la guerra. El fin del cántico Laudato si se emparenta con otra oración franciscana: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Y la realidad de la guerra se ha agigantado, volviéndose más cruel y anónima. Todas las formas de la contaminación, la destrucción y el desarraigo han hecho inútiles las reflexiones de los juristas sobre la guerra. A través de muchos horrores, la humanidad aceptará no guerrear. Cuando miro hacia la historia no soy demasiado optimista. Tal vez falte mucho para que se cumpla ese deseo de Paulo sexto en la ONU: “Nunca más la guerra”. Pero por algo el papa Francisco dice (en el punto 4) que quiere dirigirse “a cada persona”. Son siglos de enfrentamiento.

En lo inmediato deberíamos formar a nuestros jóvenes en el uso de la libertad. No le enseñemos que mi libertad termina donde empieza la del otro. Mi libertad se construye sirviendo alegremente al otro. Comprendiendo que la vida origina tensiones nunca insolubles. Una de las oraciones con que concluye la encíclica pide a Dios que nos enseñe a descubrir el valor de cada cosa, a contemplar admirados, a reconocer que estamos completamente unidos. Lo hace en forma de oración, por lo tanto es algo que todavía no se posee, pero se anhela. Trabajemos, para que no sea un desiderátum.

Blog de la Escuela de Filosofía de la USAL

Este espacio es una extensión de la Escuela de Filosofía de la Universidad del Salvador, destinado a docentes, estudiantes y a todo el público en general, interesado en la lectura de contenidos filosóficos.

 

Mujeres en la historia del pensamiento

Durante el mes de marzo, la Escuela rendirá homenaje a las mujeres de la Filosofía, retratando nombres que muchas veces han sido olvidados o silenciados en la historia del pensamiento.