Semblanza de Étienne Gilson (1884-1978) en el 40 aniversario de su muerte

Falleció el 19 de septiembre de 1978 en Cravant (Francia). Recientemente, la editorial Vrin (Paris) publicó Étienne Gilson, un biographie intellectuelle et politique de Florian Michel.

 

Germán Masserdotti

@GermanMasser

 

Nacido en París el 13 de junio de 1884, Étienne Gilson estudió en la Sorbona y dictó allí Historia de la Filosofía Medieval entre 1921 y 1932. En el Collège de France participó de los cursos de Henri Bergson (1859-1941), autor de L’evolution créatice. Además de profesor e investigador, participó activamente de la vida política de su patria y en el orden internacional. Fue senador de la Cuarta República Francesa y uno de los traductores al francés de la Carta de las Naciones Unidas y asesor técnico de la delegación francesa en la Conferencia de San Francisco del 25 de abril al 26 de junio de 1945.

Conocido principalmente por sus investigaciones sobre la obra santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274), Gilson “fue un historiador de la filosofía en continuo diálogo con las preocupaciones historiográficas de su entorno inmediato”, observa Daniel González García, profesor de Filosofía Medieval en la Universidad Del Valle (Cali, Colombia). Es cierto, además, que “Gilson fue, desde luego, mucho más que un estudioso de Tomás –precisa González García–, y sus introducciones a Duns Escoto y San Buenaventura siguen teniendo un gran valor didáctico para quienes se inician en el conocimiento de esos pensadores, a pesar de las obvias correcciones y adiciones que hoy pueden hacerse a tras cincuenta o más años de trabajo erudito sobre ellos”. Él fue, a la vez, historiador y filósofo. “Un historiador debe tender puentes en cuanto hace entender a hombres del hoy hechos y mentalidades de tiempos pasados”, afirma Ignacio Pérez-Constanzó, antiguo profesor de Filosofía Medieval en la Universidad de la República (Montevideo, Uruguay). Sin embargo, “para hacer buena historia de la filosofía hay que ser buen filósofo. Y los buenos filósofos como él, ya se sabe, no abundan”, agrega.

Ceferino Muñoz, investigador del Conicet y director de Scripta Mediaevalia de la Universidad Nacional de Cuyo, señala que “uno de los principales aportes de Gilson fue el riguroso método que le permitió encontrar continuidades doctrinales entre los diversos autores. Lo cual contribuyó a desterrar la idea de que la Edad Media fue una época estanca y que nada podía decirle al hombre de nuestro tiempo. Con Gilson la Edad Media se mostró más vida que nunca y con una riqueza de pensamiento que continúa asombrando en los diversos ámbitos académicos. Asimismo, la propuesta de entender a los pensadores más por el pensamiento que le precedió que por el que le sucedió fue decisiva. Un claro ejemplo de esto fue el caso de S. Tomás y sus Comentadores”.

El comienzo de su itinerario intelectual se vincula con el pensamiento moderno. Su tesis doctoral versó sobre René Descartes y la filosofía escolástica bajo la dirección de Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939). Su libro The Unity of Philosophical Experience fue resultado de sus conferencias en la Universidad de Harvard en 1936. Fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1946. Escribió libros como René Descartes: Discours de la méthode, text et commentaire; Études sur le rôle de la pensé médievale dans la formation du système cartésien; Les Idées et les Lettres; Introduction aux arts de Beau, Hommage à Bergson y L’atheisme difficile. Además publicó Peinture et réalité, Linguistique et philosophie y D’Aristote à Darwin et retour. “Recientemente se han traducido al inglés sus intercambios con Henri Gouhier (1898-1994) acerca del «agustinismo» de Nicolás Malebranche, donde se echa de ver el Gilson interesado en otras áreas, y presto a la revaloración de sus propias posturas interpretativas sobre la Modernidad a partir del diálogo con otros investigadores”, resalta González García.

En continuo y sostenido diálogo con el pensamiento moderno, Gilson fue “uno de los más importantes impulsores de la renovación del interés por la filosofía medieval”, apunta Héctor Del Bosco, profesor de Historia de la Filosofía Medieval de la UCA (Buenos Aires, Argentina) y de la UNSTA (Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino). Fue autor de libros como su imprescindible La philosophie au Moyen-Âge; La philosophie de saint Bonaventure; Introduction à l’étude de Saint Agustin; La théologie mystique de saint Bernard; Héloïse et Abélard; Dante et la philosophie; y Jean Duns Scot, introduction à ses positions fondamentales. Ésta última obra, “el mismo Gilson lo dice al comienzo del estudio, es sobre un autor con quien no coincide en casi nada. Y no obstante eso, sigue siendo hoy una de las principales obras a consultar sobre Duns Scoto”, destaca Pérez-Constanzó.

Gilson descubrió la obra de Tomás de Aquino a partir del influjo escolástico medieval en René Descartes. “Él encontró en la filosofía del Aquinate una orientación firme y eficaz frente a los grandes problemas filosóficos del pensamiento moderno y contemporáneo”, afirma Delbosco. Fue autor de obras como Le thomisme; Saint Thomas d’Aquin; Réalisme thomiste et critique de la connaissance y L’être et l’essence. Además de recuperar un lugar de importancia para el estudio de la filosofía medieval en la comunidad académica internacional –fundó el Institut d’Études médievales en Toronto (Canada)–, Gilson contribuyó a “mostrar la auténtica filosofía de Santo Tomás de Aquino, su originalidad y su perenne actualidad”, explica el mismo profesor. Pérez Constanzó comenta que “la interpretación que hizo de Tomás de Aquino está fuertemente basada en sus textos y en otras fuentes historiográficas, con lo que sería difícil encontrarse con grandes detractores. Además, en su escritura siempre fue equilibrado y asertivo. Gilson hace una lectura filosófica de Tomás de Aquino, aunque siempre destaca que el interés principal del Aquinate era la Teología. En ese sentido, hay lecturas más teológicas que pueden hacerse de Tomás –las hay, pero son minoritarias–. No obstante, esto no invalida en nada ninguna de las exposiciones de Gilson, sino que las complementa”.

“Su libro sobre El Ser y la Esencia  (con su posterior versión, El Ser y los Filósofos), marca un hito ineludible en la historia de la metafísica, y es universalmente reconocido como tal, más allá de las lógicas controversias suscitadas en torno a algunas de las cuestiones planteadas en él”, subraya Delbosco. “Junto a Cornelio Fabro (1911-1925) redescubrieron el actus essendi como centro de la metafísica tomasiana –apunta Muñoz–. Por supuesto que también generó resistencia por parte de aquéllos tomistas que tenían una visión más esencialista de la metafísica del Aquinate”.

Uno de los tópicos fundamentales de su obra es el de la filosofía cristiana. Daniel González García observa que “de haber planteado más explícitamente la vinculación de la filosofía medieval no con la Fe como hecho psíquico o cultural sino con la Teología como quehacer científico fuertemente arraigado en la tradición intelectual de la Antigüedad, Gilson podría haber superado más fácilmente los reparos en el sentido de que su interpretación del Medievo parece arriesgar la «autonomía» de la Filosofía, o de que hizo prevalecer categorías interpretativas decimonónicas por sobre las evidencias textuales”. Sin embargo, Ceferino Muñoz sostiene que “el planteo de Gilson continúa teniendo plena vigencia pues permitió mostrar los íntimos vínculos y la compatibilidad entre fe y razón. Fue uno de los autores que rompió con la falsa idea de que hablar de filosofía cristiana no era más que un hierro de madera. Y contribuyó a mostrar que el cristiano puede hacer filosofía; es decir que se puede hacer un ejercicio sostenido de la inteligencia sin renunciar a los principios que propone la fe”. La tesis de Gilson, afirma Héctor Delbosco, “defiende al mismo tiempo la importancia de respetar los principios propios del método filosófico, y el reconocimiento de los aportes que la Revelación cristiana hizo y puede seguir haciendo a la historia de la filosofía”. A su vez, que “la cuestión de la relación entre razón y fe no sólo es un tema que fue bien resuelto por Tomás de Aquino, sino que también lo había sido antes, y también lo fue después por quienes no conocieron a Tomás de Aquino –aclara Ignacio Pérez-Constanzó–. El asunto fue de gran interés en la juventud de Gilson porque confluyeron en aquella discusión época varias cosas: el predominio de una idea de racionalidad fuertemente racionalista, una idea de lo que es pensar muy positivista —es decir, contraria a las ideas de oscuridad, dependencia o creencia—, y una averiguación sobre cómo interpretar las palabras de León XIII en la encíclica Æterni Patris (4 de agosto de 1879)”.

González García recomienda comenzar a leer a Gilson “por el gran panorama de La Filosofia en la Edad Media (La Philosophie au Moyen Âge, 2ª ed.), traducida desde hace mucho tiempo al castellano y que ofrece una buena imagen de conjunto acerca del período. Los abundantes detalles sobre figuras «menores» y aun sus muchas omisiones tienen la virtud de fomentar la curiosidad del lector para emprender sus propias investigaciones. La bibliografía referida en cada capítulo constituye un testimonio del “estado del arte” de los estudios medievales a mediados del siglo XX y hoy tiene un valor testimonial nada despreciable”.Para quien empieza a cultivar sus inquietudes filosóficas –afirma Delbosco– recomiendo su escrito Amor a la Sabiduría, pequeña joya de introducción a la vida sapiencial; un paso más específico lo constituye El Espíritu de la Filosofía Medieval, que resume no sólo su posición sobre el tema de la Filosofía Cristiana sino que además transmite mucho de su vasta experiencia en el conocimiento de los autores medievales. Mi experiencia personal es que nunca me decepcionó la lectura de una de sus obras, cualquiera fuera”.

“Aunque en cantidad de obras Gilson sea mucho menor que Tomás de Aquino, puede decirse lo mismo sobre ambos: cualquier resumen es inherentemente restrictivo –sostiene Pérez-Constanzó–. No obstante sí creo que puede decirse que fue un filósofo y un historiador profundo y delicado”. “Es muy difícil expresar en pocas palabras el núcleo de su obra –afirma Delbosco–, pero sin dudas se puede decir que uno de sus grandes méritos es el haber recuperado un lugar de importancia para el estudio de la filosofía medieval en la comunidad académica internacional, y el haber contribuido a mostrar la auténtica filosofía de Santo Tomás de Aquino, su originalidad y su perenne actualidad”. “El núcleo de la obra creo que es la de un filósofo creyente –observa Muñoz–.  Alguien que consideraba a la Revelación cristiana como un auxiliar indispensable de la razón. Tenía una gran confianza en el poder de la razón pero con la certeza aún mayor en que la especulación racional puede aún elevarse más por el dato de la fe”.

Germán Masserdotti