Poiesis, incertidumbre y pandemia

Por Verónica Parselis

“En este supremo peligro de la voluntad,
se aproxima, como un mago que cura y salva, el arte”
(Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia.)

 

La actual pandemia y la incertidumbre que la rodea tal vez puedan ser leídas más allá de los datos estadísticos, las decisiones de los gobiernos y las elucubraciones de los infectólogos. Las sensaciones que me acompañaron durante esta cuarentena oscilaron entre la necesidad y la dificultad de reconocer otras lecturas que alumbren este momento.

Comencé a vislumbrar cierta claridad de forma puramente casual, mientras revisaba para mis clases unos textos de Friedrich Nietzsche que proponen, contra la pretensión de la tradición Racionalista, que el modelo de la filosofía debe ser el arte y no la ciencia. Esta intuición fundamental me sugirió que acaso se pueda pensar esta pandemia a partir de la figura del artista.

El artista representa un “estar abierto” al mundo, una permeabilidad frente a lo circundante más allá de los parámetros utilitaristas. El mundo se convierte así en materia de interpretación y sentido. Resignificarlo implica ubicarlo más allá de su condición de medio útil para la superviviencia.

Ilustración: V. Parselis “El eterno retorno” Serie del Posthumanismo.

El artista habilita el estado de escucha, promoviendo una atmósfera “espiritual” que trasciende la lógica de la preocupación y la obligación. Recordemos el concepto de ocio (otium) griego que es fundacional y originario de las actividades más profundas, creativas y reflexivas del hombre: el arte, la religión, la filosofía. En oposición al neg-otium (el trabajo), su negación, el hombre puede establecer una relación creativa y lúdica con el mundo.

Ocio no es “inactividad” sino “contemplación productiva”. Podríamos aprovechar esta experiencia de aislamiento social para repensar qué hacemos con nuestro supuesto “tiempo libre” en las sociedades actuales, donde todo está mercantilizado. En la “sociedad del espectáculo” como diría Debord, nos hemos convertido en espectadores pasi-
vos, reducidos a meros consumidores alienados.

El artista, por otra parte, centra su actividad en el proceso. La poiesis define la creación artística, dejando en un segundo lugar el punto de llegada o el producto final. Vivir en la incertidumbre parece el escenario habitual del artista, para quien el vínculo arte/vida no parece disociado ni compartimentado. Arte y vida traducen fuerzas orgánicas, producti-
vas, creadoras. La vida también se experimenta como proceso y está marcada por la incertidumbre. Podríamos sincerarnos ante la ansiedad que el COVID-19 inocula en nuestra cotidianidad: ¿Realmente teníamos antes alguna certeza sobre el futuro de nuestras agitadas y “controladas” vidas?

Nietzsche afirma que conocer es interpretar, esto es, el artista es un hermeneuta que interpreta la realidad creando nuevas perspectivas y valoraciones. Según este filósofo, el problema de la ciencia consiste en ser una perspectiva más (entre las otras) pero que se asume y presenta como la única objetiva. De este modo, se vuelve discurso dominante e irrevocable. Son los artistas los que en el desenvolvimiento de la historia, se encargan de definir las dinámicas de cambio e introducir rupturas y cismas en culturas anquilosadas.

Comparto, entonces, otros cuestionamientos: ¿Puede la ciencia sostenerse en el imaginario colectivo como un discurso irrevocable? ¿No deberíamos repensar seriamente el alcance de la ciencia, sus límites, las consecuencias éticas y el desmedido intervencionismo en la vida humana? Más aún: ¿No podría ser ésta una oportunidad para reflexionar acerca de nuestra cultura y el agotamiento de un modelo económico y cultural que parece derrumbarse globalmente?

Por último, recordemos uno de los conceptos nietzscheanos más conocidos, el “eterno retorno”, que renueva una concepción del tiempo circular, en oposición al ideal del progreso lineal e ilimitado, propio del pensamiento occidental. La pandemia nos pone frente a una necesaria relectura de la vivencia de la temporalidad, donde la existencia y su transcurrir toman otra impronta. El instante se vuelve portador de posibilidades. Podría ser esta una ocasión para pensar la relación entre el tiempo y la experiencia desde un punto de vista estrictamente existencial. Lejos de las rutinas arbitrarias que la lógica cultural dominante del capitalismo nos ordena, habitemos (y habilitemos) un tiempo distinto, pleno de significado y sentido.

Los artistas han alzado sus voces disidentes y de denuncia a través de diversas manifestaciones que hoy pueden verse como anticipatorias, desde hace tiempo. Tal vez, con las ciudades en silencio, sea hora de escucharlos.