La era de las tecnologías totales

Por Martín Parselis

 

Yo puedo dejar de utilizar mi celular. Puedo abandonar el transporte público. También puedo ser autodidacta, y no vacunar a mis hijos. Por supuesto, puedo dejar de trabajar y tener plena autonomía con respecto a los medios de comunicación, que también puedo dejar de consumir. Puedo evitar la publicidad y ser libre en cada una de mis elecciones de compra. Puedo dejar de pagar impuestos, como también abandonar todo artefacto eléctrico y eliminar de mi rutina diaria la necesidad de consumir alimentos que producen otros.

Puedo pensar en cubrir satisfactoriamente aquellas necesidades básicas que permiten mi supervivencia y abandonar por completo el consumo de todo lo que no implique mantenerme vivo.

 

 

Una especie de himno libertario de este tipo, como si migráramos a Walden pero sin volver para contarlo como Thoreau, nos emanciparía de un entorno vital que condiciona nuestra vida. Una emancipación que se sueña desde hace siglos, pero que se ha vuelto tema fundamental a lo largo del siglo XX a través del cambio de escala en el alcance de la influencia de las instituciones.

Abraham Maslow se hizo famoso por jerarquizar las necesidades humanas de un modo muy intuitivo y convincente. Para él la autorrealización es una necesidad humana, y se encuentra en la cúspide de la jerarquía que él presentaba. En el lado opuesto se encontraban las necesidades básicas de supervivencia, las animales, biológicas. Así diseñó una pirámide de necesidades (de por sí esa figura indica una jerarquía, un punto de llegada al vértice superior en tanto las capas inferiores se encuentren satisfechas).

Desde una mirada completamente distinta Ortega y Gasset en su Meditación de la Técnica diferenciaba claramente las necesidades básicas de supervivencia de otro tipo de necesidades. Las necesidades básicas son naturales, animales, y son determinantes para estar vivo. Denominó a todas las demás como necesidades “superfluas”. Estas necesidades superfluas son necesidades culturales: haber nacido en un lugar determinado y en una época determinada hace que tengamos ciertas necesidades superfluas que en otros lugares y en otras épocas podrían cambiar. Son, por lo tanto, necesidades que dependen de nuestra cultura. Y también podríamos decir que dependen y moldean nuestra forma de vida.

La influencia de estas necesidades “superfluas” es tal que pueden considerarse como el motor, o la inspiración de la técnica que producimos. Tiene sentido para pensar en nuestro entorno vital que el siglo XX también instituyó a los medios masivos de comunicación y a las técnicas de la publicidad, mientras la psicología social nos brindaba a través de Castoriadis y Moscovici ideas acerca de cómo construimos nuestras creencias sociales a partir del imaginario, o de lo instituído/instituyente.

Desde la Escuela de Frankfurt hasta el neuromarketing tenemos diagnósticos y formas de operar sobre el contenido de nuestro imaginario, y por lo tanto, de definir cuáles son las necesidades superfluas que producen las tecnologías que tenemos. Valoramos no morir tempranamente por algo que puede ser evitado por una vacuna, valoramos la extensión de la vida, valoramos el acceso a bienes y servicios, y abrimos juicios permanentes sobre el contenido valorativo de los otros con respecto a su percepción estética. Valoramos individual y socialmente, también globalmente.

En forma legítima o bajo una suerte de imposición blanda, las tecnologías que tenemos se han vuelto deseables.

Entre la simplificación jerárquica de Maslow y las necesidades básicas y superfluas de Ortega, por lo general asumimos que la tecnología es un producto “fuera de nosotros”, sujeta a las leyes del mercado, y con un estatuto de superficialidad, hasta de lujo y snobismo. Sin embargo, no pensamos demasiado en cuán primitivo es orientarse en el espacio, identificar agua segura, o asegurarse sobre lo que ingerimos. Se trata de capacidades de supervivencia que hemos abandonado a cambio del GPS y la industria de los alimentos. Podemos, entonces, decir que en forma legítima o bajo una suerte de imposición blanda, las tecnologías que tenemos se han vuelto la base de nuestra supervivencia.

Si abandonamos la idea de lo superfluo y snob de las tecnologías para entender que operan sobre nuestra posibilidad de supervivencia, el análisis y la crítica del fenómeno técnico ya no puede quedar en manos de algunos estudios culturales, de la sociología sobre nuestras gratificaciones, o de las oportunidades que genera la innovación para dinamizar mercados.

Por el contrario, la técnica como fenómeno antropológico, tal vez de los más propiamente antropológicos, se vuelve una base para la creación de cultura, y es a la vez uno de sus productos. Esta relación dialéctica es una suerte de consenso entre lo posible, lo deseable y nuestras condiciones materiales para la creación de individuos técnicos, según la nomenclatura de Simondon. Muy pocos fenómenos revisten tal complejidad.

En forma acelerada, década a década, esta complejidad es parte de nuestra posibilidad de seguir siendo esta especie que somos (e incluso tenemos la posibilidad de torcernos hacia especies nuevas, como lo hemos hecho con los perros), y existimos como especie situada en este tiempo y espacio porque existen las condiciones técnicas para ello.

Pensemos en la idea de que cualquier tecnología es capaz de replicar y repetir sus propios procesos. Sus mecanismos, su diseño, su forma, su estructura, se orienta a algún proceso, alguna transformación que siempre es del mismo modo. Es una constante dentro del campo de nuestras relaciones sociales. Apropiarse de estos procesos repetibles hace que buena parte de nuestros comportamientos se estandaricen a partir del acceso a ellos.

Los procesos repetibles de las tecnologías son diseñados por agentes intencionales, con valores e intereses, que también suelen ser parte de organizaciones e instituciones. Estos procesos repetibles son apropiados por los que consumimos y utilizamos las tecnologías, por decisión propia o imposición blanda, también agentes intencionales. Ese comportamiento estereotípico de las tecnologías son entonces una relación social, un modo estandarizado de relación entre agentes intencionales cargados de intereses y valores. Las tecnologías son mediadores sociales.

¿Cómo podemos aceptar tan livianamente que nuestra posibilidad de supervivencia depende de la voluntad de otros, en forma mediada y absolutamente opaca a nuestra posibilidad de comprensión? Ensayamos: del mismo modo que aceptamos la existencia de las instituciones, y que a pesar de cuestionarlas durante décadas permanecen bastante saludables.

Es entonces cuando tiene sentido el ejercicio de encuadrar el fenómeno técnico dentro de uno de los ejemplos fuertes de la institución disciplinaria en el sentido de Foucault. La propia organización de la institución era para Deleuze una tecnología, es decir que el modo de ejercicio de poder es en sí mismo una tecnología. Pero nos referimos a algo que ni siquiera está formalmente institucionalizado como algo totalizador. Hay leyes de vacunación obligatoria, y existe la declaración del acceso al agua potable como derecho humano. Estos ejemplos y todos los demás necesitan de la técnica. Lo que se instituyó fue la técnica, y curiosamente es casi invisible en términos de propagación de nuestra especie, salvo por los diagnósticos consecuencialistas como los ecológicos.

Considerar a la tecnología como una institución disciplinar o una institución total cambia rotundamente la percepción vulgar sobre el fenómeno técnico. Requiere la apertura de las humanidades en un esfuerzo que no acostumbran a hacer, como la incorporación de categorías que les son ajenas. Pero si es cierto que la técnica es un fenómeno antropológico, no es menos cierto que sin criterios técnicos no puede existir una técnica eficaz. No hay posibilidad de mantener categorías estrictamente disciplinares para analizar este fenómeno.

Existen muchos esfuerzos en este sentido, desde el reclamo de Snow por la creación de una tercera cultura superadora de la caprichosa escisión entre ciencias y humanidades, hasta los estudios interdisciplinares sobre tecnología y sociedad. Pero más allá de los grupos interesados en estas corrientes, parece que la filosofía mantiene una cuenta pendiente con respecto a la técnica (y aún más la política, la sociología y la antropología). Esta cuenta pendiente es comprender que la humanidad hoy existe como tal porque existen las tecnologías totales.

¿Cuál es el estatuto humano en tiempos de edición genética, las posibilidades de decisiones autónomas, e incluso decidir nuestra forma vida?. En tiempos de las tecnologías totales, decidir nuestra forma de vida no parece ser posible. Esto constituye, al menos, una sospecha sobre nuestro propio modo de existencia. Bienvenida la filosofía a la especulación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Blog de la Escuela de Filosofía de la USAL

Este espacio es una extensión de la Escuela de Filosofía de la Universidad del Salvador, destinado a docentes, estudiantes y a todo el público en general, interesado en la lectura de contenidos filosóficos.

 

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Durante el mes de marzo, la Escuela rendirá homenaje a las mujeres de la Filosofía, retratando nombres que muchas veces han sido olvidados o silenciados en la historia del pensamiento.