Influencia de Ortega y Gasset en la recepción del pensamiento de Bergson en la filosofía argentina de las primeras décadas del siglo XX

Por Jorge Martin

 

1907, es un año destacado en las vidas de los pensadores de quienes nos vamos a ocupar en esta ponencia: Henri Bergson, José Ortega y Gasset y Coriolano Alberini.

Si bien Bergson, por sus publicaciones anteriores y sus cursos en el Colegio de Francia, ya era un autor reconocido, con la aparición de La evolución creadora, en mayo de ese año, su filosofía obtuvo el máximo grado de difusión. Más allá de las disputas teóricas que suscitó (sobre todo, entre los científicos), esta obra logró trascender los ámbitos académicos e impregnó toda la cultura francesa de su época, lo cual, unido a las traducciones cada vez más numerosas de sus libros y artículos en el extranjero, contribuyó a hacer del filósofo una verdadera celebridad en el mundo entero. Sin embargo, la popularidad que logró fue al precio de una vulgarización de su pensamiento que terminó desnaturalizándolo por completo, incluso por parte de sus seguidores. Como dice Vieillard-Baron:

Los grandes discípulos de Bergson fueron, además de Charles Péguy, Édouard Le Roy, Jacques Chevalier, Albert Thibaudet, Henri Delacroix, Jean Baruzi. Más jóvenes que ellos, Vladimir Jankélévitch, Jean Guitton, Gabriel Marcel y Jean Wahl. De hecho, lo que han recibido de su maestro es sobre todo una irreductible oposición al positivismo materialista y cientificista; se le añade un sentido de lo espiritual y una orientación de la filosofía hacia la mística. Pero ninguno de ellos ha retenido verdaderamente esta preocupación en la experiencia concreta, este rigor en la observación interior llevado a los límites de la objetividad, que caracteriza a Bergson[1].

Por su parte, en agosto de 1907, Ortega y Gasset regresó a España, luego de un viaje de estudios por Alemania, imbuido de la filosofía neo-kantiana que había recibido en Marburgo de su maestro Hermann Cohen. A su retorno, se transformó en el renovador del pensamiento filosófico español del siglo XX. En efecto, la llamada Escuela de Madrid comenzó a constituirse, unos años después, cuando Ortega obtuvo la cátedra de Metafísica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. Sobre el filósofo francés, nos dijo lo siguiente:

En 1907 –puedo asegurarlo, sin más error verosímil que alguno pequeñísimo, propio más bien para confirmar la veracidad del dato– no había un solo filósofo en Alemania que hubiese leído a Bergson. Yo no conseguí nunca que el gran Hermann Cohen lo leyese, no obstante ser de su misma raza[2].

 

 

En un sentido estricto, esta afirmación es incorrecta. El pensamiento bergsoniano ya era conocido, en 1907, en tres centros universitarios alemanes de primer orden: Iena, Berlín y Heidelberg. En la Facultad de Filosofía de Iena, se encontraba el anti-positivista Rudolf Eucken, quien conoció la filosofía de Bergson en 1905 a través de su alumno Isaak Benrubi.  Discípulo de Eucken fue Max Scheler y, gracias a su vínculo con el editor Eugen Diederichs, se comenzó en 1906 la traducción al alemán de las obras de Bergson. En Berlín, se encontraba Georg Simmel. La afinidad entre ambos autores provenía del interés compartido por superar la teoría kantiana del conocimiento. Asimismo, la profundización de la filosofía bergsoniana acompañaría luego la evolución del pensamiento de Simmel hacia la Lebensphilosophie. Y por último, en Heidelberg, que era otro centro neo-kantiano, se encontraba Hans Driesch, quien escribió en octubre de 1907 la primera reseña de La evolución creadora en Alemania. De un modo similar al camino seguido por Bergson, Driesch se distanció muy temprano del materialismo de su maestro Haeckel, y se inclinó hacia un vitalismo anti-mecanicista.

En otro sentido, aquella afirmación de Ortega y Gasset responde a su particular manera de entender la historia del pensamiento filosófico. Desde su punto de vista, la filosofía contemporánea es la alemana, y entre 1900 y 1915 el poder público filosófico lo ejerce aun el neo-kantismo, si bien en forma decreciente:

Desde fines del siglo XVIII el espacio filosófico tiene, quiérase o no, su centro visceral en Alemania y, a lo sumo, cabría reconocer un epicentro que sería Francia. […] Ha habido cosas que fueron iniciadas o llevadas a la perfección fuera de Alemania –ejemplo de lo primero, el pragmatismo americano, de lo segundo, la Lógica matemática– pero no lograron producir efecto filosófico decisivo, operante, no fueron plena realidad, es decir, no tuvieron vis historica hasta que quedaron integradas en el cuadro del pensamiento alemán. Esto se verá claro en seguida, cuando pase ante nosotros cometariamente la figura de un solista verdaderamente genial, Bergson[3] (Obras completas, X, 341-342).

 

Del otro lado del Atlántico, un joven estudiante de filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, llamado Coriolano Alberini, comenzaba, en 1907, la que iba a ser una brillante carrera académica, que incluyó los siguientes cargos sucesivos: Auxiliar de secretaría, Bibliotecario, Director de la Revista de la Universidad a partir de 1912, Profesor adjunto de la cátedra de Psicología en 1918, titular de la misma y de Introducción a la Filosofía en 1920, Consejero durante el decanato del Dr. Alejandro Korn, Delegado ante el Consejo Superior, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras durante tres períodos (1924-1927, 1931-1932, 1936-1940), Vicerrector (en dos oportunidades) y Rector de la Universidad (en 1941).

La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires nació el 13 de abril de 1895. Hasta 1910, aproximadamente, el positivismo fue la doctrina dominante en el claustro docente. Los profesores (en gran medida, abogados) seguían a Comte, Spencer, Haeckel, Le Dantec, etc. Pero la nueva generación, la del Centenario, marcada por el pensamiento de Bergson y otros filósofos, iba a reaccionar contra las ideas características de la generación del 80. Los tres Decanos que reformaron por completo la orientación de la Facultad, en un sentido anti-positivista, fueron: Alejandro Korn (1918-1921), Ricardo Rojas (1921-1924) y Coriolano Alberini.

Es en este marco que se produjo un acontecimiento de trascendencia en la naciente filosofía argentina del siglo XX: la primera estadía de Ortega y Gasset, durante seis meses, en Buenos Aires. La repercusión de su labor fue muy importante, no sólo en la Capital, La Plata y algunas provincias del interior (Córdoba, Tucumán y Santa Fe), sino también en otros países latinoamericanos. Alberini, que con el tiempo se transformaría en un amigo del filósofo español, nos transmite sus recuerdos sobre este encuentro:

En 1916 llega a Buenos Aires, por primera vez, don José Ortega y Gasset. No sabemos bien qué quiere filosóficamente; sólo sabemos que es anti-positivista y eso nos basta. Unos cuantos jóvenes le organizamos una especie de “claque” bulliciosa y agresiva. Ortega y Gasset habló vaga y bellamente sobre temas de filosofía alemana contemporánea. Exaltó a Husserl, a quien sólo conocíamos por noticias de revistas filosóficas francesas, lo mismo que de Meinong y Brentano algo conocidos por traducciones italianas o exposiciones de discípulos italianos. También habló de Max Scheler, Rickert, etc. Como por entonces no sabíamos alemán, sentimos una gran curiosidad por estos autores. Ortega y Gasset fue, pues, un buen fermento, aún cuando nos fastidiaran sus ataques a Bergson, gran filósofo a quien admirábamos, sin ser bergsonianos. Muy otra fue la actitud de Ortega cuando volvió por segunda vez en 1928. Entonces hizo el elogio de Bergson. El filósofo francés era entonces muy admirado en Alemania. Poco después, el maestro español comenzó a fomentar la traducción de libros alemanes. Los jóvenes que ahora se dedican a la filosofía se nutren abundantemente con estas obras[4].

Lo que se desprende de este pasaje, es que Ortega contribuyó, con sus cursos y conferencias, a fortalecer la tendencia novecentista que se encontraba disputándole la primacía al positivismo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En relación con Bergson, Alberini señala dos momentos, claramente diferenciados. En 1916, Ortega era crítico del filósofo francés. Esto no debe llamar la atención puesto que, si bien se conocieron ese año en Madrid (Ortega presentó sus conferencias), el español lo venía atacando desde 1910. Lo llamó en una oportunidad el “doctor melifluo”[5] y dijo que la suya era “una filosofía demi-mondaine[6]. Sus objeciones filosóficas se dirigían sobre todo a lo que consideraba su carácter anti-intelectualista: su intuicionismo, misticismo y vitalismo radical.

Todo esto era previsible, teniendo en cuenta que estaban frente a frente un kantiano y un anti-kantiano. Lo que llama la atención, es la segunda referencia de Alberini. En 1928, Ortega habría trocado sus críticas por elogios. ¿Qué sucedió en esos doce años entre la primera y la segunda visita a la Argentina? Por un lado, su abandono del neo-kantismo. Nos dice en la Reflexiones sobre el bicentenario de Kant, que publicó en 1924: “Durante diez años he vivido dentro del pensamiento kantiano: lo he respirado como una atmósfera y ha sido a la vez mi casa y mi prisión […]. Con gran esfuerzo me he evadido de la prisión kantiana y he escapado a su influjo atmosférico”[7]. Por otro, su adhesión cada vez más explícita a la fenomenología, que es desde su punto de vista, a partir de 1916, el “régimen filosófico establecido”[8] sucesor del neo-kantismo.

Como hemos visto, para Ortega y Gasset, una filosofía no germana sólo adquiere plena realidad y fuerza histórica cuando es asumida por el pensamiento alemán. ¿Cuál fue la actitud de la fenomenología con respecto a Bergson? A diferencia de la francesa (Sartre, Merleau-Ponty), la fenomenología alemana no ha negado la afinidad que tenía con la filosofía bergsoniana. Ésta fue introducida por primera vez en 1911, por Alexandre Koyré, en el círculo filosófico que Husserl tenía en la Universidad de Göttingen. Según la referencia de Jean Héring, al finalizar la conferencia, Husserl habría exclamado: “¡Nosotros somos los bergsonianos consecuentes!”[9]. Dos años después, en 1913, éste le envió a Bergson el primer volumen de Ideas, y, en 1918, dirigió la tesis de Roman Ingarden titulada Intuition und Intellekt bei Henri Bergson.

Además de Husserl, otros fenomenólogos alemanes se interesaron por el filósofo francés en la década del 20: Max Scheler, Martin Heidegger y Alfred Schütz. Este último, que le dedicó diversos escritos entre 1925 y 1927, relacionó el pensamiento de Husserl con las ciencias sociales. Ortega lo menciona en tres oportunidades en su curso “El hombre y la gente”, dictado entre 1949 y 1950[10]. En cuanto a Scheler, como se puede observar en muchas de sus publicaciones (por ejemplo, su importante ensayo de 1913: Tentativas de una filosofía de la vida. Nietzsche, Dilthey, Bergson), el autor de La evolución creadora es una de las inspiraciones más significativas de su filosofía, después de la fenomenología husserliana. El retorno de Scheler al pensamiento bergsoniano en 1920 se debió probablemente a la necesidad de precisar su propia doctrina en el momento de la reelaboración de Sobre fenomenología y teoría de los sentimientos de simpatía y de amor y odio, que fue reeditado en una nueva versión en 1922, esta vez con el título de Esencia y formas de la simpatía. Por último, Heidegger se ocupa de Bergson en las siguientes obras: Lógica. La pregunta por la verdad (de 1925-1926), Los problemas fundamentales de la fenomenología y Ser y tiempo (ambas de 1927). En una sugestiva carta que le envío a su esposa en 1920, Heidegger le dice: “Aprendo muchísimo con el estudio de Bergson. Como te dije hace unas semanas, conocemos poco a los franceses. Problemas que Husserl anuncia como singulares durante sus conversaciones fueron planteados con claridad y resueltos por Bergson hace veinte años”[11].

 

Todo indicaría, entonces, que esa reivindicación de Bergson, por parte de Ortega en 1928, a la cual hace referencia Alberini, se explica por el diálogo que había entablado la fenomenología alemana con el pensador de la durée. Y es, precisamente, en esta década del 20 que el español propone su racio-vitalismo, como una forma de superación tanto del racionalismo como del vitalismo. A la razón pura kantiana se la sustituye por una razón vital que cuenta, entre algunos de sus inspiradores, a los alemanes Heidegger, Scheler, Husserl, Simmel, pero también a Bergson.

Sin duda, a través de sus clases y labor académica, Alberini ha sido uno de los máximos difusores de la obra de Bergson en Argentina, al punto que muchos lo consideran un bergsoniano[12]. Si leemos sus principales escritos sobre el filósofo francés, Interpretación idealista del bergsonismo (de 1919) y El problema ético en la filosofía de Bergson (de 1925), observaremos que se trasluce en ellos la influencia de Ortega y Gasset, por ejemplo, al interpretarlo en clave irracionalista y a la luz de la filosofía alemana: “Este profundo vínculo entre el problema moral y el metafísico, explica hasta qué punto la libertad bergsoniana se nos presenta como el fruto más maduramente romántico de la deslumbrante misología de Bergson, pues misólogos llamaba Platón a los enemigos de la inteligencia”[13]; “Nada más oportuno a este respecto que comprobar las coincidencias –parciales ciertamente–, entre Bergson y Schopenhauer, explicables, por otra parte, en virtud de proceder ambos filósofos del idealismo romántico alemán. Los dos son intuicionistas y enemigos del conocimiento racional”[14].

 

Como conclusión, podemos afirmar que la influencia de Ortega y Gasset en la recepción de la filosofía bergsoniana en Argentina ha sido ambigua. Por un lado, sin duda ha contribuido a difundir y a conocer las ideas de Bergson, ya sea directamente a través de sus cursos, conferencias, e influjo sobre Coriolano Alberini y sus discípulos, ya sea indirectamente, por medio de los escritos de otros filósofos de la Escuela de Madrid que se ocuparon del francés e influyeron en Latinoamérica: García Morente, José Gaos, Xavier Zubiri, Juan Zaragüeta, Joaquín Xirau y José Ferrater Mora. Por otro, y esto ha sido contraproducente, al punto que todavía hoy padecemos en los ámbitos intelectuales los prejuicios suscitados por esta lectura, el bergsonismo transmitido ha sido por lo general un bergsonismo mutilado, sesgado, cuando no una caricatura del original.

 

 

[1] Bergson, PUF, Paris, 2007, p. 124.

[2] Obras completas, Taurus, Madrid, 2010, V, pp. 200-201.

[3] Obras completas, Taurus, Madrid, 2010, X, pp. 341-342.

[4] “La cultura filosófica en la Argentina”. En C. Alberini, Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina, Universidad Nacional de La Plata, La Plata, 1966, p. 139.

[5] Obras completas, Taurus, Madrid, 2010, I, p. 915.

[6] Op. cit., pp. 451 y 466.

[7] Obras completas, Taurus, Madrid, 2010, IV, p. 255.

[8] Obras completas, Taurus, Madrid, 2010, X, p. 342.

[9] “La phénomenologie il y a trente ans”, Revue internationale de philosophie, I, n° 2, 1939, p. 368.

[10] Cf. Obras completas, Taurus, Madrid, X, pp. 240, 246 y 254.

[11] ¡Alma mía! Cartas a su mujer Elfride 1915-1970, Manantial, Bs. As., 2008, pp. 118-119.

[12] Cf. Diego Pró, Coriolano Alberini, Valle de los Huarpes, 1960, p. 345 ss.

[13] Escritos de ética, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 1973, I, p. 45.

[14] Escritos de metafísica, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 1973, II, p. 82.

 

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